20 feb 2026
OPINIóN

Una reafirmación de lo peor del kirchnerismo

Una reafirmación de lo peor del kirchnerismo
JB
Julio Bárbaro (*)
23 agosto 2020

Como todo fanatismo, con el récord mundial de cuarentena no
logramos conocer la magnitud de lo destruido y mucho menos, la dimensión de lo
rescatado. No era lo que esperábamos. Del dogma de la cuarentena a la reforma
de la justicia pasando por la triste, absurda, patética cláusula “Parrilli”,
todo resulta un desatino, una provocación al sentido común, una reafirmación de
lo peor del kirchnerismo. Muchos salieron de nuevo a la calle, como aquella vez
que un jefe de Gabinete los devaluó por “bien vestidos”, sin entender que con
ese gesto estaban construyendo una derrota electoral. Ahora salieron a
manifestarse asumiendo que no alcanzó con votar, que las derrotas no enseñan y
los triunfos generan amnesias. En lugar de asumir las diferencias, de intentar
entender e integrar, en lugar de una respuesta política escuchamos del
presidente “no nos doblarán el brazo”, como si los que se manifiestan no
tuvieran derecho a ser un dedo de esa mano que los desafía a la pulseada. Las
ortodoxias siempre están más cerca de lo circense que de la ejemplaridad.
Batimos el récord de encierro buscando en el dogmatismo los logros que no
supimos convocar desde el sentido común.

Los vientos de la historia suelen tomar sus propios rumbos.
Los hubo de enfrentamientos donde la vida se honraba en la entrega por una
causa noble; los hubo marcados por la guerra y también, después de ella, por
una paz creativa que convirtió en mercado común el espacio de naciones que
durante siglos no habían podido encontrarse salvo en contados momentos de paz.
Nosotros logramos recuperar la democracia definitiva y contra todas las
predicciones que auguraban el desarrollo y la justicia distributiva del imperio
de las instituciones, contra todo lo esperado, solo impusimos el imperio de la
pobreza, donde en los setenta, plenos de rebeldía, apenas llegaba a un cinco
por ciento; hoy hemos alcanzado a lastimar con su dolor a más del cincuenta por
ciento de la sociedad. Son muy contados los momentos para recuperar de estos
cuarenta y cinco años, tiempos donde el desencuentro fue causa y consecuencia
de semejante decadencia que tanto nos cuesta asumir. La política, ese arte que
se ocupa del destino colectivo, cedió su responsabilidad a intereses parciales
que actuaron sin tener en cuenta el resultado de sus actos.

El más crudo materialismo se impuso como ideología
imperante, el pragmatismo fue su expresión coyuntural, la riqueza en pocas
manos, el fruto sembrado y con creces obtenido. La dirigencia política se
dividió como en los peores momentos de nuestra historia y mientras las ideas
fueron las excusas, los intereses constituyeron la razón de tamaña
confrontación. En medio de ese materialismo a toda orquesta, la dirigencia
política acompañó con sus prebendas y su nivel de vida el éxito del poder del
dinero sobre las ideas, del individualismo sobre la solidaridad, las ideologías
y la misma necesidad de la política. El individualismo degradó a la ética
dejándola instalada como un simple instrumento del fracaso, la solidaridad fue
devaluada socialmente y refugiada en religiones, pequeños grupos y algunas
sectas, donde el otro es solo aquel que comparte las limitaciones de mi
fanatismo.

El materialismo triunfó sin atenuantes, la concentración se
quedó con todo lo rentable; las clases medias y la clase baja que durante
décadas fueron incentivadas por la movilidad social, de pronto perdieron toda
esperanza, ingresaron al infierno del Dante. Triunfaron tanto los ricos sin
patria ni bandera que se animan a imponer su pensamiento como el único viable.
Son ellos o los fracasados. La política y su burocracia terminó siendo el
último espacio de movilidad social ascendente, los cargos enriquecen como antes
premiaban la creatividad, la inteligencia y el esfuerzo. La nación se convirtió
en colonia, espacio donde se enriquecen inversores cuyas ganancias tienen otro
destino, en moneda y en patria.

De pronto, lo material se instaló como única opción; el
encuestador y el asesor travestirán en político al ganador, que lejos está de
interesarse en lo colectivo. Consolidan su propuesta de marginación de los
pobres, de desprecio de la religiosidad, de la coherencia y hasta de la misma
dignidad. La dimensión y gravedad de la crisis exigía una transición, no había
que comenzar con la Justicia, gesto que solo repite la agobiante sensación del
eterno fracaso. Necesitábamos encontrar una causa que nos uniera, que nos
permitiera ocuparnos de lo más urgente, de los más necesitados. Me cuesta asumirlo,
pero no encuentro razón alguna para salir de mi desesperanza. Y lo peor es que
siento que al Gobierno tampoco le importamos demasiado.

(*) 

Politólogo y escritor. Ex diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer. Artículo publicado en Infobae.

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