20 feb 2026
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Petaco Barrientos: de manejar a sangre y fuego la barra de Patronato y la venta de drogas en Paraná a ser acribillado a balazos por sicarios

Petaco Barrientos: de manejar a sangre y fuego la barra de Patronato y la venta de drogas en Paraná a ser acribillado a balazos por sicarios

Le quedaban apenas siete meses pararecuperar la libertad. Para volver a por todo, como soñaba. Pero fuera de lacárcel había mucha gente que no quería que las cosas volvieran a ser comoantes, cuando el jefe de la barra brava de PatronatoGustavo Petaco Barrientos, dominaba a sangre y fuego no sólo la tribunasino el negocio del narcotráfico en Paraná y sus adyacencias, y no le temblabael pulso para mandar a asesinar o hacerlo personalmente si alguien osabadesafiarlo en alguna de sus múltiples actividades ilegales. Así, el sábado porla tarde, en una de las salidas familiares autorizadas por la Justicia y talcomo contó ayer Infobae, un grupo de cinco sicarios haciéndose pasar porpolicías que realizaban un allanamiento irrumpió en su vivienda rompiendo lapuerta y cuando lo divisaron, lo ejecutaron de una ráfaga de balazos. Elbarrabrava más famoso de Entre Ríos terminaba sus días. Pero la guerra, sedice, recién empieza.

Petaco en realidad no empezó como hombre fuerte de latribuna del Patrón, sino que sus primeros pasos los dio como delincuente común.Nacido en Chajarí en 1976, se mudó en su juventud a la capital entrerriana yempezó a mostrar sus dotes para armar bandas delictivas en el barrio Municipal,que pasó a ser su patria chica. Según los reportes policiales teníapredilección por las farmacias y las casas de electrodomésticos y de a poco fueinsertándose también en el fútbol. Pero antes de cumplir los 30 cayó preso y enla cárcel conoció e hizo buenas migas con varios barras de Colón de Santa Fe.Ahí entendió que había un negocio menos peligroso e igual o más redituable queel robo a mano armada: tomar una barra de fútbol. Y eso además le podía darcontactos políticos y policiales de alto nivel. Entonces, cuando salió, decidióforjar su nuevo destino con un ejército inicial de 50 personas del barrio quedespués fue ampliando con gente de otros barrios, como Lomas del Mirador eHijos de María. Cuando descubrió que tenía más de 120 personas a su cargo, tomópor asalto la Barra Fuerte, como se denomina al grupo violento del equiporojinegro y desde ahí armó un imperio. Primero se hizo fuerte en el club,después se amplió al negocio del narcotráfico con la caída de sus rivales. Ypara 2010, justo con el ascenso al Nacional B del equipo, Gustavo Barrientoscoronaba como el hombre con el que todo aquel tenía que negociar ya sea en elfútbol o en la calle.

Más intuitivo que racional y más violento que estratega,Petaco se acercó también rápido a la política. Las banderas en apoyo al exgobernador Sergio Uribarri flameaban en la popular y eran su carta depresentación que esgrimía a toda hora. Pero como todos los barras, suafiliación política era lábil: cuando hubo que negociar con el gobierno deSergio Varisco en Paraná lo hizo desde la cárcel a punto tal que le puso a supropio hermano, Rubén, a acompañarlo en el territorio, juntándole gente yponiéndole seguridad. Era una alianza perfecta para expandirse en el territoriorepartiendo lo que la droga producía. Un verdadero escándalo que demostraba supoder infinito.

De a poco, Petaco también fue ganando terreno en el club. Demanejar la reventa de entradas, el merchandising ilegal, los puestos de comiday bebida y la ropa no oficial, pasó a tener injerencia en pases y porcentajesde jugadores. Su nivel de vida creció tanto que en el barrio de siempre, elMunicipal, su casa se destacaba sobre el resto por el tamaño, el diseño y elsistema de cámaras de vigilancia. Hasta allí desfilaban jefes policiales,políticos y jefes de otras barras de equipos de Primera y el Nacional buscandogenerar nuevos negocios. Tanta impunidad llevó a Barrientos a creer que nadapodía ocurrirle. En dos años todos los que le querían hacer frente iban cayendopor balazos sicarios que siempre pasaban al olvido. Hasta que ese poder loembriagó por demás: manejaba la distribución de la marihuana y la cocaína yejercía tal nivel de violencia sobre los rivales que decía que era el PabloEscobar de la Argentina, como bien narró el periodista de investigaciónentrerriano, Daniel Enz, en su libro “Los hijos del Narco”.

Eso fue generando una ola de rencor y los incidentesempezaron a sucederse. En la cancha y en las calles. Hasta que decidió dar elejemplo a todos y fue directamente a asesinar a dos personas, Maximiliano Godoyy Matías Giménez, que le habían supuestamente mejicaneado un negocio de drogas.Uno de ellos murió instantáneamente, el otro, Matías, sobrevivió diez días ylogró identificarlo. Parecía su final, pero no. Porque si bien a fines de 2012fue a la cárcel, siguió manejando desde allí toda la organización delictiva.Tanto que logró hasta hacer una manifestación con más de 200 personas por lascalles de la ciudad pidiendo por su liberación. En un juicio abreviado pactóuna pena de 11 años de prisión por el doble crimen y se instaló cómodamente enuna celda en Gualeguay, donde tenía a su disposición tres teléfonos celulares,la posibilidad de ver los partidos de su equipo, hacía poner banderas políticasy seguía regentenado el negocio de la droga. Nombró como su segundo en elparavalancha a Hugo Ceola, quien seguía fielmente todas sus órdenes y cuandoéste terminó un par de años después también preso, decidió que la herenciadebía quedar en la familia y puso como líder a su sobrino, Pablo Olivera, aliasPelado, que todas las semanas le reportaba la recaudación de la cancha y de lacalle hasta que a mediados de 2018 también cayó detenido en una causa por otrocrimen.

Se pensaba que desarmando la estructura familiar Petacocarecería de poder pero siguió manteniéndolo con su gente del barrio Municipal,por lo que la Justicia decidió trasladarlo al penal federal de Ezeiza paramenguarle sus relaciones extramuros en la provincia. Ahí se empezaron a abrirgrietas en el ejército que comandaba y, aunque seguía siendo respetado, veíacómo otros jugadores se apoderaban de cierta parte del territorio. Fue entoncesque demostró otra vez su poder: logró que lo reubicaran nuevamente en EntreRíos, primero en Gualeguaychú y desde el año pasado en Paraná, desde dondemandaba mensajes a diario de que estaba próximo a salir y que se agarraran,porque volvía por todo, por la tribuna y por la calle. Sus rivales sabían queGustavo Petaco Barrientos era un hombre de palabra: lo que decía, lo cumplía.Entonces, antes que se formalizara su libertad, aprovecharon una visitafamiliar autorizada, tuvieron el dato de dónde iba a estar y lo acribillaron.Así, a los 47 años, el máximo barra que tuvo la provincia de Entre Ríosterminaba tal cual lo determina el popular refrán: quién a hierro mata, ahierro muere.

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