A días de las PASO, Mauricio Macri no encuentra
alternativas argumentativas para
restablecer alguna sensación de control del tembladeral económico y social
abierto a los pies de su gobierno. En
los 43 meses de gobierno, nunca pudo dar explicaciones racionales del desastre
que llevan a cabo. Se le acabaron las
metáforas conceptuales, manipuladoras y tergiversantes para generar esperanzas,
al pedir el voto a la gente diciéndoles: “No se necesitan argumentos, no es
necesario dar explicaciones. Es tu confianza, tu credibilidad. Confía en mi”.
En rigor, la reelección de Macri es muy importante
estratégicamente para el FMI, porque le
da continuidad a la política de ajuste que confluye en mayor endeudamiento. Para el bloque del
poder económico que busca consolidar la redistribución desfavorable de la
riqueza en el país, y desmantelar la estructura de derechos sociales, por ende,
reducir la participación del salario sobre el PBI. Para el mundo de las finanzas preocupados por
la capacidad de repago de la deuda. También,
para los que se están quedando con nuestros recursos naturales. Estos
actores junto al gobierno están dispuestos a todo por durar, necesitan un ciclo
más para profundizar e intensificar este modelo de saqueo.
El gobierno necesita
reducir la importante ventaja que Alberto Fernández tiene en las PASO. El
oficialismo sabe que con una diferencia importante este domingo, pierden en primera vuelta en octubre. Al no tener
argumentos para explicar este modelo de sometimiento y beneficios para pocos,
no era descabellado pensar, con alguna lógica, que apelarían a la mentira, a profundizar el odio, a exacerbar del miedo
y la violencia verbal como aliados estratégicos para sumar votos.
Este gobierno y el odio han constituido una relación
indisoluble, en la que sus términos se replican. Junto con el odio han
plantado un clima de inseguridad y
creencias que funcionan como certezas, a fuerza de la repetición de
argumentos para justificar la represión
y la violencia. Sólo hay que leer editoriales y escuchar a periodistas odiadores seriales, sobre todo los del Grupo monopólico Clarín,
que con 265 licencias son verdaderas
fábricas de odio. Programas de televisión definidos supuestamente “políticos”
que se dedican a agredir. Sin estos medios encargados de inocular el odio y no
permitir distinguir entre verdad y mentira, destruyendo los criterios de
verificación, el gobierno de Macri no subsistiría sin MENTIR.
Alberto Fernández-Cristina Fernández tiene enfrente a un
oficialismo muy poderoso y articulado. Tiene a Donald Trump, el FMI, a
Bolsonaro, los grandes medios, y el riesgo cierto de un fraude o
entorpecimiento electoral. Sin dudas hay una gran capacidad de manipulación.
Se sostiene desde la comunicación oficialista que a pesar del desastre económico y social, madura la posibilidad de que Macri
es todavía competitivo y tener éxito
para continuar en el poder.
Si 9 de cada 10
argentinos dicen que su situación económica familiar en el último mes sigue
igual o peor de lo que estaba hace un año, como es posible premiar al gobierno
con el voto?
Es cierto que la gente no vota solo por su situación
económica, sino que tiene muchas otras
motivaciones. Se vota también por tradiciones partidarias, por convicciones
ideológicas, valores y creencias, y también por odio. Muchos están dispuestos a ceder su propio nivel de vida a
cambio del sufrimiento de aquellos grupos construidos como sujetos odiables.
El domingo será una elección donde se mezclará pasiones y
razones. Una donde habrá sueños y deseos
de igualdad, trabajo, educación y salud. Otra, por convicciones ideológicas y
también por odio. Pero lo central será que Alberto y Cristina empiecen a
transitar hacia post-macrismo.
(*) Ex diputado provincial – Partido Justicialista
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