21 feb 2026
NACIONALES

Milei refuerza alianza militar con EE.UU. y enfrenta mayor costo político por Malvinas

El estatus de “socio global” de la OTAN que busca el Gobierno redefine la política exterior argentina y abre una nueva etapa en defensa y soberanía. Entre el “salvataje financiero” y la cooperación militar, el giro atlántico de Milei tensiona la histórica postura sobre Malvinas y el equilibrio geopolítico del país.

Milei refuerza alianza militar con EE.UU. y enfrenta mayor costo político por Malvinas

En medio de la convulsión económica y política, Javier Milei redobló su apuesta más osada: un giro militar acompañado por un mayor alineamiento con Estados Unidos. Mientras Luis Caputo afinaba la letra chica del salvataje financiero con su par estadounidense Scott Bessent, el gobierno libertario aceleraba su sincronía militar y estratégica con Washington y sus aliados transatlánticos. Una serie de acciones -y omisiones- pusieron de manifiesto el costo político de esa alianza, que tensionó los equilibrios de soberanía que la diplomacia argentina mantuvo durante décadas alrededor de la política de estado madre: la Cuestión Malvinas.

En las últimas semanas, la arquitectura bilateral trazada en ambos lados del continente se cristalizó no solo en el terreno nuclear (con la firma del FIRST) sino también en el de la defensa, con ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia y un renovado interés por el Atlántico Sur. Es una apuesta que redefine la inserción internacional de la Argentina y al mismo tiempo marca sus límites: entre el aval de Washington y la sombra de Londres.

De la suspensión del Consejo Nacional de Malvinas al escándalo en Defensa

El contraste fue evidente conforme el Gobierno apuraba las negociaciones con Washington contra reloj y en medio de escándalos de corrupción que minaron su legitimidad. En ese marco, la suspensión, por segunda vez, del Consejo Nacional de Asuntos Relativos a Islas Malvinas — a solo diez horas de su inicio— fue apenas una señal del cambio de rumbo impulsado desde la Cancillería y articulado con las carteras de Economía y Defensa.

El encuentro, previsto en el Palacio San Martín el pasado 30 de septiembre, debía reunir a representantes del arco político para debatir políticas de Estado sobre el Atlántico Sur. Pero, según confirmaron a PERFIL dos participantes del Consejo, la prioridad del Ejecutivo no estaba en Buenos Aires sino en Washington, donde se definían los términos del auxilio financiero que Milei necesita para llegar con aire al 26 de octubre. “De todos modos mientras no hagamos una propuesta razonable, no sirve el aporte. Lo llamativo es que de la otra parte (Londres) no lo pueden creer”, sostuvo un veterano diplomático en relación al accionar del Gobierno en torno a la disputa bilateral por Malvinas.

En ese sentido, la controversia sobre el “giro militar” argentino también alcanzó al ámbito académico y se propagó por las redes sociales. Esta semana se filtró un mail interno del Ministerio de Defensa convocando a una jornada en la Universidad Nacional de la Defensa, con participación de académicos británicos y “en colaboración” con el propio Ministerio de Defensa del Reino Unido, socio histórico de EE.UU. en materia de “seguridad global”. El encuentro se titula ‘Perspectivas y lecciones del conflicto en Ucrania’ y no fue difundido por canales oficiales.

Según supo PERFIL, el evento terminó siendo cancelado.El malestar en el círculo diplomático y castrense se intensificó luego de que el Reino Unido reiniciara ejercicios militares en las Malvinas, en abierta contradicción con la resolución 31/49 de la ONU. “Lanzar una conferencia en un momento en que están haciendo un ejercicio de gran despliegue es muy grotesco, desmesuradamente funcional a la posición de los británicos”, analizó Guillermo Carmona, exsecretario de Malvinas (…) del Ministerio de Relaciones Exteriores de la gestión albertista.

“Hay una línea muy clara bajada desde Cancillería, sobre todo en el área de Malvinas, de no decir nada y no hacer nada. Se desactivaron los grupos de apoyo de la Argentina por Malvinas que estaban establecidos en todas las embajadas. Hay una línea explícita de no hacer manifestaciones públicas sobre la temática ni insistir con ningún tipo de negociación”, agregó, en diálogo con PERFIL.

A ese escenario, que se inició el pasado 6 de octubre, se sumó el lobby del otro lado del Atlántico a través del representante de la administración británica de las islas en Londres, Richard Hyslop, quien se reunió con varios parlamentarios británicos y posó en fotos junto a un cartel que reza: “Yo apoyo el derecho de los habitantes de Malvinas a la autodeterminación”, el argumento con el que Londres pretende justificar la ocupación del archipiélago. En mayo pasado, se había reunido con David Cairns, el entonces vicepresidente de Equinor, luego de que fuera nombrado nuevo embajador británico en Argentina.

En paralelo, las protestas en Tierra del Fuego por la presión para activar el radar espacial en Tolhuin (operado por la empresa Leolabs de capitales irlandeses y británicos) añadieron tensión al clima adverso frente a la directiva libertaria. También influyó la ‘Operación Tridente’, un despliegue de tropas estadounidenses que el Gobierno autorizó mediante el decreto 697/2025 sin aval del Congreso. “No vamos a entregar nuestra soberanía”, sostuvo Walter Vuoto, intendente de Ushuaia, luego de conocer el decreto por el cual se autoriza el ingreso de tropas estadounidenses a a capital fueguina.

El silencio “estratégico” de la Cancillería de Milei

Al cierre de este artículo, Cancillería no condenó el accionar de Londres en las Malvinas, que supuso la renovación de la militarización del Atlántico Sur. A diferencia de 2022, cuando la exembajadora Kristy Hayes fuera convocada para recibir una queja “injustificada demostración de fuerza”. En aquel entonces, la queja fue contra la “introducción de nuevos actores militares” en las islas Malvinas, en referencia al envío de efectivos de las Fuerzas de Seguridad de Kosovo para integrarse al ejército de infantería británico con presencia permanente en las Islas.

Dos años después, Milei se mostró sonriente junto a la primera ministra de Kosovo, Vjosa Osmani, un gesto que descolocó al cuerpo diplomático argentino: Kosovo, aliado de Estados Unidos, es un Estado cuya independencia el país no reconoce, por el paralelismo con la causa Malvinas respecto al principio de integridad territorial.

Ocurrió en la misma Asamblea General de la ONU donde el G77 + China renovó el respaldo a la Causa Malvinas. El histórico foro del Sur Global, opacado por la preponderancia de los BRICS, volvió a reconocer el derecho “a la integridad territorial” de Argentina tras la usurpación de 1833, y en consecuencia, a emprender acciones legales por la explotación de los recursos del Atlántico Sur, entre ellas la cuenca León Marino operada actualmente por una empresa de capitales israelíes y británicos.

Giro militar: la Argentina como “socio global” de la OTAN

En paralelo a ese silencio diplomático, la Argentina avanza en una dirección completamente distinta: el acercamiento militar a la OTAN. En 2024 el ministro de Defensa, Luis Petri, inició el proceso formal para convertir a la Argentina en ‘socio global’ de la alianza atlántica, un estatus que a nivel regional solo posee Colombia. Esa categoría no implica defensa mutua (según el artículo V del tratado), pero sí “cooperación estratégica y técnica” con la organización liderada por Estados Unidos y —por extensión— por el Reino Unido. En el caso argentino la directiva fue clara: evaluación de “capacidades cibernéticas” y “control marítimo”. Dos áreas particularmente sensibles para Washington en su competencia con Beijing.

Desde el Gobierno presentan este giro atlántico como un “salto cualitativo” en la modernización de las Fuerzas Armadas, postura que se materializó con la compra de los aviones caza F16 tras años de disputa con los ofertantes sino-pakistaníes, los JF Thunder. Pero el movimiento tiene consecuencias simbólicas y políticas: si se concretara la membresía, el país cooperaría militarmente con una estructura que de facto respalda la presencia británica en las Islas Malvinas.

Detrás de ese acercamiento se advierte una redefinición estratégica. Milei pretende reposicionar a la Argentina como un socio confiable de Occidente, en contraposición con la lógica multipolar que predominó en gobiernos anteriores. La alianza con Washington se ofrece como aval político y financiero y como puerta de ingreso a redes de cooperación militar asociadas a la OTAN. Sin embargo, la apuesta tiene costos: el Reino Unido —uno de los principales actores del bloque atlántico— mantiene una ocupación activa sobre las Islas Malvinas, y priorizar la integración con el bloque occidental difumina la histórica reivindicación argentina de soberanía.

El giro atlántico no se limita al terreno militar: forma parte de una reconfiguración más amplia que incluye la política económica —condicionada por el acuerdo con el Tesoro estadounidense y la expectativa de inversiones vinculadas al litio, la energía y el sistema financiero— y una diplomacia comercial orientada a fortalecer la relación con el hemisferio norte en detrimento de lazos con China y Brasil. En ese marco, la política exterior se convierte también en una herramienta electoral: Milei busca exhibir “orden” y respaldo internacional frente al caos interno y los escándalos de corrupción que salpican a su entorno.

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