20 feb 2026
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Máximo Menem y Máximo Kirchner

El Ramayana narra la vida del rey Rama de la dinastía de Iksvakus, que gobernó sobre Kosala, el gran estado agradable y próspero, repleto de ganado y grano, situado en las riberas del río Sarayu. La gran épica sánscrita de la anciana India – escrita por el poeta, bardo y trovador Valkimi – ha afectado profundamente la literatura, el arte y la cultura de millones depersonas en el sur y el sureste de Asia, una influencia sin paralelo en la historia de la literatura mundial.

En el Ramayana, cuando un padre decide el nombre de su hijo, no sólo está cumpliendo con una obligación social milenaria y sus dictados sagrados, es decir, indicando el clan, la familia, quiénes son los ancestros sino que – fundamentalmente – está eligiendo el destino del niño que llevará esa denominación.

Entre nosotros – a miles de kilómetros de distancia – con otra religión, otras costumbres, otra forma de ser, cuando elegimos el nombre de los recién nacidos, parecen operar factores no tan dramáticos sobre esa decisión que muchas veces es tomada en forma festiva, liviana, como si fuera una cuestión meramente formal que – más allá de las bromas y las modas – no puede afectar de ningún modo la felicidad del pibe a lo largo de su vida.

Nadie imagina que llamarse Alberto implica compartir las desgracias de todos los Albertos anteriores. Tal vez, no ocurra lo mismo con la buena suerte. Muchos padres al elegir para sus hijos los nombres Diego Armando, muy dentro de sí mismos, en un oculto recoveco de la conciencia, imaginen a su cachorro haciendo un gol como aquél contra los ingleses en las tierras calientes de Pancho Villa.

En 1066, luego de la batalla de Hastings, el nombre Guillermo fue uno de los más populares en la Gran Bretaña borrando del mapa a los antiguos nombres anglo-sajones y celtas. ¿Cómo fue posible que un nombre totalmente desconocido fuera adoptado por cientos de miles de padres y madres en muy poco tiempo para denominar a sus hijos?

Muy simple: todos querían para sus vástagos el poder de William I, el conquistador, el nuevo rey llegado de las fieras costas de Normandía.

Lo mismo ocurre con los Kevin, las Andreas, las Natalias y las listas de los registros civiles podrían señalar la historia de la popularidad – un rankinginfalible – de las estrellas fugaces del firmamento televisivo y cinematográfico.

Luego del fabuloso éxito de la saga "El Señor de los Anillos", ¿ cuántos miles de Frodo, Aragorn, Gandalf hay a lo largo y a lo ancho del mundo? En nuestro país son miles los Juan Domingo y las Marías Eva.

Tal vez haya muchos Carlos y muy pocos Eduardos y casi ningún Fernando. ¿Habrá muchos Néstor? ¡Qué lindo sería tener el detalle de estos nombres de los registros civiles de la tercera sección electoral desde 1983 hasta la actualidad! Podríamos hacer una hermosa reflexión intitulada "Los nombres de la Democracia". El prodigioso Raúl de los primeros años habría desaparecido por completo en el 89. El Carlos innombrable de hoy, que se decía a los gritos hasta el 97, sólo es murmurado a regañadientes por unos pocos obstinados. Los Fernandos que no tienen un segundo nombre, fueron obligados a inventarse un sobrenombre.

Como padre participé en la elección de diez nombres: dos para cada uno de mis hijos. Moira, por Ananké, la Necesidad griega que sometía a todos los dioses del Olimpo y Florencia por la ciudad de los tesoros artísticos del Renacimiento. Matías, por Mateo y su Evangelio y Federico por el Gran Hegel. Virginia, por Isabel I y Belén por la cuna humilde del más grande.Bárbara, por la santa y Eva por la que volvió siendo millones, Lucas, por su Evangelio y Emanuel por el que está con nosotros.

Un escalofrío conmueve mi osamenta cuando me doy cuenta de una coincidencia no comentada en ninguno de los medios de comunicación que suelen denunciar los errores de los poderosos: Un ex presidente eligió -hace poco – Máximo para su hijo. El actual presidente usó el mismo nombre hace varios años.

¿Creerán que sus hijos están en la cima por encima de los demás ciudadanos? ¿Eligieron con el nombre de sus vástagos el primer graffiti, la primera pancarta, el primer pasacalle para la posteridad agradecida por susbuenos gobiernos? Máximo Menem y Máximo Kirchner van a necesitar mucha suerte para no tener que usar un sobrenombre.

Sergio Monteffiori Gualeguay (E. Ríos)

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