En lo laboral, la cuarentena? generó todo tipo de cambios:administrativos que hacen home office; locales que se reinventaron y ahoraofrecen productos de otros rubros; comerciantes que venden por Internet, yalgunos gastronómicos que se negaban al servicio de delivery y venta enmostrador, a quienes no les quedó otra que cambiar de idea.
Pero además de esos cambios, están los empleados.Trabajadores de rubros que siguen sin poder abrir, o a los que se les bajó elsueldo por la pandemia, o aquellos que vendían en la calle y hoy no puedensalir. Los rebusques a los que apelaron para tener algún ingreso soninterminables. Los más comunes son la venta de comida por Whatsapp o los envíosde ropa al por mayor a vecinos de otras provincias, que no pueden venir más acomprar a La Salada o a la avenida Avellaneda. Pero hay más historias. Incluso,de gente que por necesidad decidió emprender algo nuevo y que cree que seguiráen lo mismo después de la cuarentena.
Un viernes, en medio del aislamiento social, Fabián Benítez(44) contó sus ahorros. Estaba decidido a hacer lo que siempre quiso, pero lacomodidad del sueldo se lo impedía. Ahora estaba obligado: en su trabajo -unlocal gastronómico- le habían bajado el salario desde que se decretó lacuarentena. Con los $ 3.000 que guardaba compró cuatro pollos y diez chorizos.Después prendió el fuego, los asó y los ofreció en la puerta de su casa delbarrio Santa Rosa, Boulogne. Ese viernes a la noche vendió todo. El sábadoinvirtió la recaudación entera en más mercadería. A la noche, volvió a vendertodo. El domingo, lo mismo. Ahora ofrece asado, vacío, matambrito a la pizza,rueda, chinchulines.
Fabián ya se compró un freezer, construyó una parrilla dematerial y colocó un cartel de dos metros en la esquina de su casa. “Lo deTali”, le puso. “Tali” es su apodo. Sus vecinos fueron sus primeros clientes.El boca a boca, más el perfil de Instagram que le armaron sus hijos, más losestados de Whatsapp, lo llevaron a tener que contratar a una persona paraentregar los pedidos. Los feriados vende locro.
“Voy despacio, pero voy bien. Lo estoy haciendo con unasganas y un amor bárbaro. Esto es como un hijo: lo alimento día a día, lo veocrecer y me entusiasma”, resume Fabián, que es de Entre Ríos y cumplió 20 añosde parrillero. Trabaja en una de las parrillas más conocidas de Buenos Aires.Por la pandemia, sólo sigue yendo los mediodías. Por las noches, de jueves adomingo, prende el fuego en su casa. Y piensa seguir. Su meta es crecer ytrabajar con sus hijos.
“Nunca me había animado por la comodidad del sueldo. Losfrancos descansaba. Pero los años pasan y no nos largamos. Esta cuarentena nosdespertó a unos cuántos. O nos hizo tomar coraje. Por eso voy a apostar a lomío: me siento confiado”, dice.
Jorge Baiz (51) fue uno de los tantos que se dijo para susadentros “¿y ahora qué hago?”, cuando el 20 de marzo se decretó la cuarentenaobligatoria. Hasta ese día trabajaba como cafetero ambulante. Con su carrito ala par, recorría la zona de Once atendiendo a sus clientes de siempre y a todoel que lo frenara para comprarle. Lo hacía desde 2008. Había comenzado graciasa un microcrédito de Avanzar, una ONG que apoya a los emprendedores.
“Pero fue una manera de decir”, agrega, por la pregunta dequé hacer. “Por dentro sabía que iba a emprender algo. Me gustan los desafíos”.La lógica de Jorge fue: si muchos comenzaran a trabajar en sus casas, lascomputadoras se van a romper. Incluso, más de uno va a querer cambiar la suya.Entonces, se largó: se metió en grupos de Facebook y de Mercado Libre y compróun gabinete, el hardware, un teclado y todo lo necesario para equipar unacomputadora, que terminó armando y vendiendo a $ 24.000. Ese fue su primercapital.
En cuatro meses, Jorge armó y vendió 8 computadoras. Y diceque arregló un montón más; que cuando todo vuelva a la normalidad retomará elproyecto del café, pero sin abandonar su nuevo emprendimiento, llamado”Namasté”. “Ahora el negocio está en la venta online -reflexiona-. “Vivimos enuna sociedad comercial, y todo es vendible. Varios comerciantes de Once medijeron que están vendiendo más ahora por internet que antes con el localabierto. Es el tiempo ideal para los emprendedores, el momento ideal paraponerlo en práctica. Se acabó la patronocracia. Seamos como los artesanos de laedad media, globalizados”.
Antes de ser cafetero ambulante, Jorge había sido unascuántas cosas más: administrativo, electricista, retocador de dibujos, einstalador, reparador y colocador de cámaras de seguridad, entre tantas. “Nacíemprendedor. Eso no significa que otras personas no puedan serlo de grandes.Tal vez tengan miedo y les falte entender y creer que pueden vivir sin ladependencia de un sueldo, porque el sistema nos instaló eso. O quizás sigancreyendo en que el ‘local es todo’. Pero el pasado es pasado. El home-workinges el futuro y el espíritu del emprendedor es contagioso. Y ahora que somosmuchos: ¿si otros pueden, por qué no vas a poder vos?”.
La primera reinvención de Matías Gómez (43) fue entre finesde los noventa y principios del nuevo siglo: era letrista; se hizo tatuador. Enel medio del cambio estudió Bellas Artes durante cinco años. Mientras tatuabaen Mandinga Tattoo, pintaba como hobby. “Siempre me gustó pintar. Nunca fue unacuestión comercial. No vendía mis pinturas. Hacerlas me representaba unaespecie de cable a tierra, una mejora desde lo mental. Y la verdad es que meveía haciéndolo a futuro, a pesar de que en un país como el nuestro es muydifícil vivir del arte”, cuenta.
Los locales de tatuajes están cerrados desde el 20 de marzo.Y Matías, como tantos colegas, se volcó a la pintura. La pandemia adelantó susdeseos de vivir de pintar. Llegó a hacer y a vender cuatro cuadros (cada unopuede llevarle 20 días de trabajo) y más de diez dibujos a lápiz. Su estilo esel expresionismo. Dice que no le alcanza el tiempo para cumplir los encargosque le hacen. Rechazó varios pedidos por no ser de su estilo. “Tengo un estilo.Los clientes ya saben cuál es. Tanto en el tatuaje como en los cuadros, metengo que sentir libre. Por eso es muy lindo que alguien me diga ‘ya tengotatuajes tuyos en el cuerpo; ahora quiero un cuadro tuyo para mi casa”,argumenta. Muchos de los que lo contactan son sus clientes. Personas a las quetatuó o lo siguen en redes sociales por su estilo de tatuaje, que es el fullcolor.
“No gano lo mismo que con los tatuajes, pero me mantengobien -asegura-. Tuve que reinventarme. No me quedó otra que volver a pintar ycotizar mis cuadros. Por ahí hay gente que sigue ganando lo mismo durante lapandemia y no tiene en qué gastar la plata. Los bares, restaurantes y bolichesestán cerrados. Y los argentinos somos muy de gastar: ven la posibilidad delcuadro y compran”.
La mayoría de los tatuadores se están dedicando a lo mismo.Algunos le ponen un precio fijo (los de Matías cuestan 20 mil pesos) y otrospintan y hacen subastas. Los menos, suben fotos de sus trabajos y venden rifas.Se estima que en la Argentina, cerca de 100 mil personas viven del tatuaje.”Cuando permitan la apertura de los locales, volveré a tatuar. Porque me llevamenos tiempo y me representa más dinero que los cuadros. Pero no voy a dejar depintar”, concluye.
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