19 feb 2026
OPINIóN

Esquivo papel verde

Esquivo papel verde
HE
Héctor E. Schamis
02 junio 2018

Quien aquí escribe creció marcado por agitadas discusiones
en la mesa familiar sobre una palabra: devaluación. Si ocurrirá o no, cuándo, y
las consabidas apuestas de hasta dónde llegaría; versión prosaica del mercado
de futuros. Era una apasionada disputa argentina acerca del valor de la moneda
local respecto al dólar americano; es decir, el tipo de cambio.  

La felicidad y la miseria dependían de ese papel pintado de
verde: demasiados cuando no hacen falta, muy pocos cuando más se necesitan. La
frase bien podría resumir la historia económica de toda América Latina. 

El gran Guillermo O’Donnell tuvo una de sus mejores
intuiciones sobre el tema en los setenta con “Estado y alianzas en Argentina”.
Un simple y prístino argumento: un dólar alto favorece a los exportadores de
granos; un dólar barato es la preferencia de los sustituidores de
importaciones, ávidos de bienes de capital. Ergo, los perennes conflictos
distributivos y sus respectivas coaliciones se expresaban a través de la
política cambiaria. Varias generaciones se formaron bajo su parsimoniosa lente.

A lo largo del
tiempo, el esquivo papel verde se ha cargado a ministros, gabinetes y
presidentes, tanto peronistas como radicales y militares. Un ministro de
economía de la última dictadura advirtió una noche por cadena nacional: “quien
apueste al dólar, pierde”, para ser testigo y víctima de la corrida. Otro
ministro, radical, se lamentó después de una similar estampida monetaria: “les
hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. Y un presidente que
duró una semana en el cargo, peronista este, con gran júbilo declaró en 2001 el
default de la deuda externa, precipitando la peor crisis económica en la
historia del país. 

Es que el dólar siempre ha sido un espejo de los desarreglos
macroeconómicos, del tamaño del déficit fiscal y su financiamiento. Si el
déficit es alto y su financiamiento es efímero, ya sea porque se basa en
emisión monetaria o en deuda de corto plazo, el dólar es un instrumento
accesible para todos a efectos de protegerse de la resultante inflación, lo
cual aumenta su valor y acelera la inflación. Argentina ha sido caso de texto
de una economía política de incentivos perversos, cuando la suma de
comportamientos racionales individuales deriva en una irracionalidad colectiva.

El bolsillo siempre
le ganó al corazón en las finanzas públicas argentinas. Ello desde la inflación
persistente de los sesenta, los tres dígitos a partir de los setenta y los
episodios hiperinflacionarios de los ochenta y noventa. Con ellos se agudizó la
vulnerabilidad ante los ciclos de precios internacionales–materias primas y
tasas de interés–construyendo al mismo tiempo un sistema político sin autonomía
de dichos ciclos. Por el contrario, se consolidó una forma de hacer política
que los refleja y exacerba. Cuando la economía crece, quien está en el poder
aumenta la discrecionalidad y se queda más tiempo. Cuando se contrae, debe
partir antes. Ha sucedido.

En el intento de desarmar dicho sistema disfuncional, hoy se
vive otro capítulo de turbulencia financiera, si bien en buena parte exagerado
por aquellos decididos a cumplir el mito y la profecía que solo los peronistas
terminan sus períodos presidenciales. Olvidan que Rodríguez Saá y Duhalde
también eran peronistas y que ambos partieron antes de lo previsto, pero esa es
la costumbre tan kirchnerista de reescribir la historia a voluntad. 

Tres comentarios acerca de la actual coyuntura. El gobierno
adoptó una estrategia gradualista, es decir, una reducción gradual del déficit
fiscal heredado a efectos de evitar una terapia de shock y sus consabidos
efectos recesivos. Tal vez podría haber reducido el déficit en algún punto
porcentual más, pero eso se dice con el diario del lunes en la mano. Un ajuste
draconiano en una economía que ya venía en desaceleración desde 2012 habría
significado hambre, así de simple. Los fundamentalistas del déficit cero tal
vez entiendan de política económica pero nada de economía política; y no son
sinónimos. 

Segundo, el gobierno resolvió el default de deuda–los
buitres–y volvió a los mercados. Emitiendo deuda, desde luego, pues la deuda de
un país es su calificación internacional, precisamente. La consecuencia no
buscada fue que el regreso al mundo fue muy exitoso, con el consabido ingreso
de divisas y la apreciación del tipo de cambio. Muy pronto, las nuevas divisas
estaban financiando el déficit de cuenta corriente. Un boom de consumo con
financiamiento externo siempre invita dudas acerca de su sustentabilidad. Esa
es la señal del mercado que hay que escuchar. 

Tercero, el gobierno heredó una infraestructura energética
devastada por más de una década de desidia y corrupción. El subsidio de los
Kirchner costó al país 20 mil millones de dólares por año. Las tarifas
energéticas debían ser actualizadas, pero aquí va una sugerencia para el gobierno:
hacerlo gradualmente y con mejor criterio distributivo, una fórmula basada en
el código postal. Soldati no puede pagar lo mismo que Recoleta. 

Pero toda esta remezón monetaria es solo la punta del
iceberg, pues lo más complicado para el país no es el tipo de cambio ni la
magnitud del déficit fiscal. Lo más difícil es modificar la normatividad
heredada de los doce años Kirchner, el gobierno más largo en la historia del
país. Pues dejaron, sin duda, un país de canibalismo político y suma cero. 

Argentina es una sociedad de actores en guerra por la
conservación de sus rentas monopólicas; rentas que, además, les hicieron creer
que les pertenecen por derecho, que son una conquista social. Nótese el
absurdo: hoy los taxistas están en guerra con Uber; los propietarios de hoteles
en guerra con Airbnb; y un ejército de clientes políticos convertidos en
empleados públicos están en guerra con un gobierno que intenta equilibrar las
cuentas. Y a todo eso le han puesto el nombre de “justicia social”.

El nocivo legado de los doce años kirchneristas es, en
definitiva, el amor por el Estado. Tanto amor que en el camino están dispuestos
a destruir el fisco. Y sin fisco no hay país.

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