21 feb 2026
CLARíN

El largo suplicio de la clase media (referencia entrerriana)

El largo suplicio de la clase media (referencia entrerriana)

Bienvenida, clase media!”, rezaba irónico un pasacallea la entrada de una villa miseria de Avellaneda en 1981. La humorada popularera sintomática. Desde hacía más de un lustro que la clase media argentinahabía empezado un largo vía crucis de varias estaciones que arrojó alempobrecimiento a muchos de sus segmentos.

Prueba concluyente de que la Argentina había empezado aperder su excepcionalidad regional como país socialmente integrado con pleno empleo,cuyo principal resultado era precisamente la robustez histórica de sus clasesmedias.

Ni bien el país comenzó a construirse como sociedadnacional, su vacuidad demográfica requería de nutridos contingentesinmigratorios. El despliegue de sus fuerzas productivas convirtió a este lejanoconfín de Occidente en el destino favorito de aquellos pobres del Viejo Mundodispuestos a tentar suerte. La demanda de trabajo siempre superó a la oferta,salvo en situaciones excepcionales como las de 1890, 1914 o 1930.

El resultado fue salarios diferencialmente elevados; y dadala fortaleza de nuestro moneda, la posibilidad del ahorro. En unos años lanueva familia inmigrante podía acceder a un terreno en los remates suburbanosque fueron extendiendo a la mancha capitalina y de las grandes ciudadeslitoraleñas.

La casa propia era el signo inequívoco del comienzo delascenso, junto con cierta calificación que proseguían los hijos merced a unaeducación pública científica y gratuita de vanguardia.

Un buen sexto grado podía convertir a la primera generaciónde argentinos en trabajadores “de cuello blanco” en dependencias públicas yprivadas. Y en el caso de los más talentosos, ingresar en la escuelasecundaria, la universidad o las academias militares deviniendo enprofesionales exitosos que, salvo estos últimos, eran premiados con laautonomía respecto de cualquier superior.

Su distinción sociocultural estribaba en su despeguerespecto de los trabajadores y de su distancia de una alta burguesía de grandespropietarios rurales, comerciales e industriales. Su predominio urbano no excluyóa su esforzada expresión campesina en el eje Rosario-Córdoba: la “pampagringa”; con sus extensiones entrerriana y mendocina. Todas sus fraccionescompartían el optimismo asociando su progreso individual al colectivo de lapequeña patria barrial; y desde allí, a la nacional.

La crisis de 1930 supuso un golpe devastador para toda lasociedad. Sobre todo para sus exponentes de las cuencas agrícolas que emigrarona los centros urbanos prosiguiendo la carrera desde el empleo industrial mercedal Estado benefactor peronista.

La expansión estatal durante los siguientes tres décadas leabrió más puestos de trabajo en su burocracia como administrativos ofuncionarios.

El peronismo expandió asimismo masivamente la matrícula paralos estudios secundarios tanto para sus hijos como para los de los trabajadoresinvitados a ingresar en sus filas no sin antes pagar el derecho de piso de unaincorporación cuya velocidad deparó las inevitables humillaciones; aunque nuncadistancias infranqueables. Así lo probaban los espacios públicos de libreconfluencia: escuelas, hospitales, plazas, centros de veraneo y los propioscementerios en donde nadie era más que nadie. La modernización de los ’60 lesconfirió a muchos de sus retoños universitarios una renovada movilidadascendente que rompió con los cánones de la moral tradicional.

El psicoanálisis, los nuevos roles profesionales de lamujer, los cambios en las concepciones familiares y el protagonismo de jóvenesestéticamente rebeldes y políticamente contestatarios dieron nacimiento al”progresismo” porteño. Pero el estancamiento comenzado en los ’70 y laviolencia política convirtieron a la crítica sociocultural de los 60 en frustración.

El Estado se empobreció; y con él, arrastró a empleados,profesionales asalariados y docentes, entre muchos otros. Los sucesivosexperimentos económicos fallidos supusieron, a su vez, el quiebre de miles depequeños y medianos comerciantes e industriales.

Unos pocos prosiguieron el ascenso merced a suespecialización en los nuevos servicios; y desde 1983 en la política. Perotendieron segregarse de sus parientes, venidos a menos en urbanizacionescerradas y un estilo de vida exclusivo. El resto que resistió elempobrecimiento debió aprender a vivir en la montaña rusa de hiperinflaciones ehiperrecesiones.

El optimismo cedió a la incertidumbre y al escepticismoconjugado con el miedo al descenso. Los aprendizajes fueron también políticos:la criminalidad contraproducente de las fugas dictatoriales y el entusiasmoingenuo sobre las virtudes de la democracia le sumaron el cuestionamiento éticoa una corrupción primero rampante y después pornográfica.

También el engaño de los subsidios que hacia fines de los2000 se pagaron con creces mediante servicios públicos miserables y laresistencia a un autoritarismo al acecho.

Se fue acuñando así una nueva conciencia políticarepublicana que se expresó en un movimiento espontáneo. Comenzó su marcha enlos grandes cacerolazos de 2012 y 2013 y culminó en el resultado electoral de2015. Reapareció recortado tras las primarias de 2019 y se robusteció en lossucesivos “banderazos” de este año en vísperas de una nueva catástrofe quearrojará a muchos nuevamente a la pobreza.

Pero la odisea argentina los ha tornado resilientes; ydespués de la tormenta empezarán de nuevo con la convicción inquebrantable deque los atropellos de un poder insaciable constituyen la clave de nuestrofatídico sube y baja, sólo conjurable mediante la defensa de las institucionesde nuestra Constitución. Y que tal vez resida allí, en ese sitio elemental tandespreciado durante décadas, la luz al final de un túnel que desde hace mediosiglo parece infinito.

Jorge Ossona es historiador. Miembro del Club PolíticoArgentino

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