Antes de la ceremonia pública en la Casa Rosada, transmitida
en vivo por televisión, el ex presidente Néstor Kirchner fue velado a cajón
abierto en la residencia familiar de El Calafate, el lugar donde murió, el
miércoles 27 de octubre de 2010.
Fue un velatorio privado, reducido a unos pocos parientes,
amigos, legisladores y funcionarios, que volaron al principal destino turístico
de Santa Cruz para despedir a quien seguía siendo el político más poderoso del
país.
Durante todo el velatorio íntimo, el funebrero Walter Yosver
permaneció, discreto, en el parque del chalet de los Kirchner, aunque entraba
cada cierto tiempo por si necesitaban su ayuda como responsable del servicio
fúnebre.
En una de esas irrupciones, vio que la hermana y ministra de
Desarrollo Social, Alicia Kirchner, secaba, preocupada, el rostro de su
hermano, que estaba perdiendo líquidos.
–Permítame, señora –le dijo, y puso un par de algodoncitos
en la nariz de Néstor. También le limpió la boca y el mentón.
Alicia permaneció todo el velatorio pegada al cajón de su
hermano; la presidenta Cristina Kirchner también estuvo mucho tiempo al lado de
su compañero, aunque a veces se alejaba por un rato. Por ejemplo, cuando se
ponía a llorar; en esos casos, su hijo varón, Máximo, su adorado
“Oso”, la abrazaba, y juntos se retiraban hasta que se reponía y
volvía.
Sostiene Yosver que “el cuerpo de Néstor se estaba
descomponiendo muy rápido. Le habían dado mucha medicación en las maniobras de
reanimación y luego permaneció varias horas en un ambiente climatizado,
cerrado, con mucha calefacción. No se hizo –no se solicitó, y tampoco teníamos
nosotros, en Calafate, los medios para hacerlo– una tanatopraxia, que incluye
la inyección de líquidos para conservar el cadáver”.
A las ocho y media, cuando estaba oscureciendo, el doctor
Luis Buonomo, el médico presidencial, llamó al funebrero.
–Cerrá el cajón.
–¿Van a Buenos Aires?
–Sí.
–Doctor, necesito saber a qué hora se van a ir.
–A las dos de la mañana.
Yosver recuerda que “me pareció lógico que cerraran el
cajón. Hay un protocolo de salubridad de alcance internacional que indica que,
cuando un cuerpo es trasladado en avión, tiene que ir cerrado; es decir,
soldado porque, adentro del ataúd de madera, hay otro cofre, que es de metal.
Va todo soldado también para que el cuerpo no despida olores”.
Claro que la Presidenta podría haber solicitado en Buenos
Aires que el ataúd fuera reabierto para la capilla ardiente en la Casa Rosada,
pero Yosver afirma que, en aquel momento, “yo supuse que el velatorio en
la Capital Federal sería a cajón cerrado precisamente por el estado de
descomposición en el que ya se encontraba el cuerpo. De lo contrario, iba a ser
una imagen muy desagradable”.
Recién cuando recibió la orden de Buonomo, Yosver supo qué
sería del cuerpo de Néstor Kirchner. Hasta ese momento se especulaba con que el
ex presidente fuera velado en una ceremonia abierta al público en Río Gallegos
–en la Casa de Gobierno que ocupó durante tres períodos consecutivos– o en
Buenos Aires, donde aparecían dos lugares alternativos: el Congreso o la Casa
Rosada.
Algunas fuentes sostienen que Cristina quería llevarlo
directamente a la capital provincial y que fue Máximo quien la convenció de
trasladar el cuerpo a Buenos Aires para que los jóvenes de La Cámpora, la
agrupación que él encabezaba desde 2006, y los compañeros del Frente Para la
Victoria pudieran darle el último adiós.
Eso puede haber sido cierto, pero quienes estuvieron allí
sostienen que la decisión final la tomó la Presidenta, que en esa ceremonia
fúnebre tan íntima quedó consagrada como la heredera política indiscutida de
Kirchner, la nueva jefa del oficialismo.
El padre Carlos “Lito” Álvarez, que ya había
bendecido a los familiares de Néstor y de Cristina y a sus amigos y asistentes
más cercanos al mediodía, en su primera visita a la residencia aquel día
nefasto, volvió a esa hora para despedirse de la Presidenta.
–Recién le decía a unas personas en la parroquia que ahora
entiendo por qué Néstor te decía “La presidenta coraje”.
–Sí, él me decía así –le contestó Cristina acariciando el
rostro de su marido.
–No me hagas quedar mal.
–¡A él no lo voy a hacer quedar mal! –le dijo Cristina
fulminándolo con la mirada.
Mientras preparaba sus herramientas para cerrar el cajón,
Yosver llamó a la dueña de la cochería, María Inés Ilhero, para avisarle que
levantaban definitivamente el velatorio en Río Gallegos.
–Voy a soldar –agregó.
–Espero que el cuerpo entre bien. Llamáme cuando terminés
–le ordenó su jefa.
El cierre del cajón es el momento crítico de un velatorio;
el desgarrador instante de la despedida. Yosver se paró en una de las puntas
del cajón, con el soldador en la mano derecha y una cajita con herramientas en
la izquierda.
Primero, habló Cristina, los ojos llorosos clavados en el
rostro de su compañero durante más de treinta y cinco años, la voz quebrada por
el dolor.
–Pensar que trabajamos tanto. Nos vinimos al sur tan jóvenes
y ahora te vas y me dejás sola. Pero, quédate tranquilo: yo te voy a hacer
quedar bien… ¡Te amo! ¡Te voy a extrañar siempre!
Luego, fue el turno de su hijo, Máximo.
–Chau papá. Te juro que a todos los que te hicieron esto…
¡los voy a hacer mierda!
El enojo de Máximo sorprendió a los presentes; ninguno supo
bien a quiénes se refería. Varios apuntaron hacia el camionero Hugo Moyano: ya
circulaba la versión de que había discutido fuerte la noche anterior con
Kirchner, quien se habría ido a dormir hecho una furia con su principal aliado sindical
y político.
“Ese enojo le provocó el infarto”, habían
especulado algunos de los asistentes al velatorio, según informaron al día
siguiente los principales diarios.
Moyano, secretario general de la CGT, debutó el día anterior
como titular del Partido Justicialista en la provincia de Buenos Aires, un
salto hacia la política partidaria que él imaginaba coronar con, por lo menos,
la gobernación del distrito más poblado del país.
En realidad, hacía varios meses que Moyano venía diciendo
que era hora de que “un hombre del movimiento obrero” –es decir, él
mismo– llegara a la Casa Rosada. Pero, mientras tanto, trabajaba para lograr la
candidatura del oficialismo a gobernador de Buenos Aires en los comicios de
2011.
Kirchner conocía las ambiciones de su aliado y había operado
con su obsesión de siempre para hacerle sentir su peso también en el aparato
partidario bonaerense: durante todo el martes 26, llamó por teléfono desde su
casa en El Calafate a varios dirigentes e intendentes para que no fueran a la
reunión del consejo provincial convocada por Moyano en La Plata.
Cuando se dio cuenta de que Kirchner le había vaciado el
encuentro, Moyano lo llamó por teléfono, aunque el sindicalista niega que se
hayan levantado la voz: “No hubo ningún tipo de discusión, fue una
conversación que tuvimos. Estábamos en la reunión del PJ de la provincia,
faltaban consejeros, no se podía sesionar. Lo llamo a Néstor y le digo eso.
‘¿Quién falta?’, me pregunta él, y yo le digo fulano, mengano… Él los llamó, y
al rato aparecieron todos y se pudo hacer la reunión”.
“Yo tenía muy buena relación con él. Era un hombre
difícil, pero tenía buena relación con él”, agrega.
Mucha mejor relación que la que tuvo con Cristina luego de
la muerte de Kirchner. Si bien respaldó su reelección al año siguiente, en el
segundo mandato la Presidenta y Moyano se enfrentaron con dureza al punto que
el gobierno impulsó la división de la CGT y el jefe sindical le organizó cuatro
paros nacionales.
Fue en el marco del cambio de aliados de Cristina, que se
fue encerrando en su círculo íntimo, en el cual Máximo y La Cámpora pasaron a
tener una influencia casi decisiva en los asuntos cotidianos del gobierno.
También Cristina desmintió esa supuesta discusión entre su
marido y Moyano. “Ciencia ficción absoluta, no se peleó con nadie”,
le dijo al periodista Jorge Rial el 29 de septiembre de 2013 por el canal
América.
“Te cuento algo –agregó la Presidenta–. Estábamos
mirando televisión esa noche. Él no largaba el control; como todos los hombres,
nunca largaba el control del televisor. Esa noche, que fue la última noche que
estuvimos (juntos), estábamos mirando televisión. Estábamos sentados como
siempre; él en una punta del sillón y yo, en otra; estaba zappineando. Aparece
el Gordo D’Elía en un programa de ésos de cable, de esos programas que hay por
miles, nos quedamos mirando y justo estaba la discusión de si la fórmula iba a
ser Néstor o iba a ser yo, que si yo repetía o repetía Néstor.
–¿Quién te gusta más, Néstor o Cristina? –le preguntan al
Gordo.
–No, para mí es lo mismo –dice, salomónico.
–No, pero decíme, ¿quién te gusta más?
–…
–Si tuvieras que elegir: Cristina o Néstor, ¿quién? –el
periodista fue insistente.
–Yo te voy a contestar lo que te diría Néstor. Néstor decía:
‘Yo era un 4 en la facultad, Cristina era un 10’.
Cuando el Gordo dice eso, Néstor lo mira y, entre dientes,
dice: ‘Gordo traidor’. Y me dio tanta ternura que hice una cosa… Después, mi
sobrina y mi sobrino, que estaban conmigo, me dijeron que nunca había hecho
eso. Fijáte lo que son las cosas. No nos gustaba en público hacer muestras de
cariño; sí tomarnos una mano, pero no darnos un beso. Ni siquiera en un
encuentro familiar. Pero, me dio tanta ternura cómo lo dijo que yo salté –era
un sillón largo, de cuero– y le di un beso en la boca. Él me dijo: ‘Aunque
midas ochenta puntos, voy a ser yo’. Y fue el último beso que le di, esa
noche”.
Pero, si Kirchner no se enojó con nadie en su última noche,
¿con quién estaba tan molesto su hijo, Máximo? Puede haber sido con los
asesinos de Mariano Ferreyra, un militante de 23 años del Partido Obrero muerto
de un balazo en el estómago, en Avellaneda, por una patota de la Unión
Ferroviaria. Ocurrió durante una protesta de trabajadores tercerizados del
Ferrocarril Roca, que reclamaban por cien despidos y exigían el pase a la
plantilla de personal de la empresa estatal. Hubo, además, tres heridos.
En la entrevista con Rial, la Presidenta afirmó:
“Máximo dijo que la bala que mató a Mariano rozó el corazón del padre.
Estoy segura; sí, estoy segura, convencida, de que fue así. Era un hombre que
vivía muy intensamente las cosas”.
Son palabras conmovedoras, a tono con la épica que suele
rodear a liderazgos tan intensos, pero los disparos contra Ferreyra habían
ocurrido siete días antes, el 20 de octubre, y el principal sospechoso ya había
sido apresado. Difícil pensar que la bala que mató al militante del Partido
Obrero haya ocasionado también la muerte de Kirchner.
Cuando Cristina se retiraba luego de la despedida de su
compañero durante más de treinta y cinco años muy intensos, un comedido la tomó
del brazo para ayudarla a bajar el escalón del desnivel de ese sector del
living.
–Llévenla, llévenla hasta el ….
–Yo no soy ninguna vieja chota para que me anden llevando.
Me voy porque no soporto el ruido de ese soldador –lo interrumpió la
Presidenta, rápidamente recompuesta de la despedida.
Un episodio más del vaivén emocional que tanto sorprendió a
los presentes: la Presidenta podía quebrarse y llorar por la pérdida de su
esposo y mentor, pero solo por un momento. Bastaba un comentario que ella
juzgaba inadecuado para volver a su nuevo rol de “lupa alfa”; al papel
de loba que había pasado a conducir a la manada.
Y eso fue lo que ella precisamente les demostró a los jefes
del peronismo que habían viajado a El Calafate a despedir a su marido: que
estaba en condiciones de suceder a su poderoso marido.
El soldador ya estaba enchufado y Yosver se disponía cumplir
con su trabajo. Se quedaron para ayudarlo Rudy Ulloa, miembro relevante del
círculo íntimo del ex presidente; Pablo Barreiro, secretario privado de la
Presidenta, y el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
Pero antes, la prueba tan temida: retiró la almohadilla para
bajar la cabeza del ex presidente y comprobó que el cuerpo no entraba: sobraban
unos centímetros. Fernández, Ulloa y Barreiro se miraron preocupados. Pero,
Yosver le sacó los mocasines Gucci y ahí sí el cuerpo se deslizó dentro del
espacio del ataúd. El funebrero colocó los zapatos uno a cada lado de las
piernas.
“Yo sabía desde el principio que iba a entrar bien,
justo pero bien: Néstor medía un metro con noventa centímetros, y el féretro,
uno con noventa y tres. Lo que pasaba era que los tacos de los zapatos
molestaban”, cuenta ahora.
Yosver pintó los bordes de “las dos chapas –la que va
abajo y la que va arriba– con ácido para que el ácido coma el zinc y la
soldadura pegue bien”.
–Esperá que yo te voy a tener la chapa para que quede bien
firme –le dijo el jefe de Gabinete cuando se disponía a soldarlas; se refería a
la lámina de la parte superior.
–Pero, ¿vos entendés de esto? –quiso saber Ulloa.
–Yo no siempre fui abogado, mi viejo era soldador. Sé cómo
es.
Con semejante ayuda, Yosver se puso a soldar. Precavido,
para no arruinar la madera del piso del living que evaluó demasiada cara para
un desliz semejante, colocó allí un ladrillo y arriba de él, una tenaza, donde
apoyaba el soldador. En un momento, una de las puntas de la chapa requería de
una pequeña presión pero había quedado muy caliente por la soldadura; Fernández
se inclinó a tomar la tenaza para darle un golpecito.
–¡La puta madre que lo parió! –gritó Aníbal y largó la
tenaza.
Todos se rieron cuando se dieron cuenta de que se había
quemado la mano. La tenaza estaba casi al rojo vivo porque el funebrero ya
había apoyado allí el soldador varias veces.
Yosver terminó de soldar y luego demoró un buen rato para
colocar la tapa del cajón. La había quitado para que todos pudieran ver bien a
Néstor, de un lado y del otro del féretro. Como sucede habitualmente en los
velatorios.
“Le había sacado las bisagras y la guardé en el
subsuelo. Después, me costó mucho volver a ponerla, pero ahí me ayudaron Aníbal
Fernández, Rudy Ulloa, Pablo Barreiro y algunos muchachos que trabajaban en el
mantenimiento de la casa y del hotel”, recuerda.
“Ese tipo de cajones –agrega– lleva una placa de bronce
en la parte superior, donde va grabado el nombre del fallecido, pero ese día
era el Censo: no había ningún negocio abierto como para hacer grabar el nombre.
Entonces, directamente no puse la placa”.
Según el funebrero, “ese detalle sirve para contestar a
quienes dicen que al cajón lo cambiaron, que el cuerpo de Néstor nunca estuvo
en la Casa Rosada. Yo vi ese velatorio por televisión y era el mismo ataúd
porque no tenía la placa”.
Yosver se refiere a una de las tantas dudas sobre la muerte
de Kirchner, que circulan profusamente en internet y en las redes sociales.
Incluso, esas sospechas son compartidas por varios dirigentes políticos y ex
colaboradores de Néstor, en especial los que terminaron peleados con Cristina.
Luego de recibir la confirmación de que el féretro sería
llevado al aeropuerto “tipo dos de la mañana”, Yosver regresó a la
funeraria para darse una ducha y cambiarse de ropa. Pero, apenas abrió la
puerta del negocio, a las once de la noche, le sonó, otra vez, el celular.
–Veníte ya que nos vamos –le avisaron desde la residencia.
Yosver volvió subir a la camioneta Quantum gris adaptada.
Cuando estacionaba frente a la puerta principal de la casona de los Kirchner,
vio que lo estaba esperando José Oiene, el comandante de Gendarmería.
–Vos
vas a seguir al vehículo donde voy yo –le dijo, señalando una camioneta de
Gendarmería–. Nosotros vamos a ir por atrás de la residencia. Otra columna de
autos va salir por la avenida. Pero, vos me seguís a mí; no parés nunca.
Nosotros vamos a entrar a la ruta y de allí, derecho al aeropuerto.
Con las instrucciones bien digeridas, el funebrero entró al
living, donde el ataúd ya estaba siendo tomado de las manijas por Máximo, y
Pablo Grippo en la primera hilera. Grippo es el arquitecto preferido de los
Kirchner: diseñó o refaccionó los hoteles Los Sauces, Alto Calafate y Las
Dunas, así como la residencia de sus poderosos amigos. Como todos los miembros
del círculo rojo K, despliega sus ímpetus empresariales en rubros variados,
como el turístico, donde tiene la concesión hasta 2029 de las excursiones de
alta gama entre los glaciares con su lujoso barco “Santa Cruz”, de
veintidós camarotes.
También llevaron el féretro a la camioneta Rudy Ulloa, Pablo
Barreiro y su papá, Ricardo “El Gordo” Barreiro, otro personaje del
entorno kirchnerista: de profesor de Contabilidad del secundario pasó a
colaborador de Kirchner y próspero empresario multi rubro: turístico,
gastronómico y transporte, más una tripleta de nombramientos oficiales en un
organismo público y un par de provincias. Se lo conoce también como “El
jardinero de los Kirchner”, pero en realidad fue el administrador de la
residencia que el gobernador de Santa Cruz tiene en El Calafate durante los
mandatos provinciales de su jefe. No era que cortaba el césped y cuidaba las
plantas de Cristina sino que encargaba y supervisaba esas tareas.
–Cuídenlo, por favor, no lo maltraten. Cuídenlo –les
recomendó Cristina cuando cargaban el cajón.
Yosver estaba por hacer arrancar la camioneta cuando alguien
abrió la puerta del acompañante y se subió.
–Voy con vos –le dijo Ulloa.
–Vas a ir incómodo acá.
–No importa. Yo voy con mi amigo.
Salieron por detrás de la residencia, por la llamada Zona de
Chacras, rumbo al aeropuerto –siempre chupado a la camioneta verde de
Gendarmería– cortando camino por calles periféricas y eludiendo una muchedumbre
de calafateños acongojados, que se había reunido frente a la parroquia.
–Y ahora, Rudy, ¿qué va a pasar? –le preguntó Yosver a mitad
de camino.
–Ahora, ¡qué me importa lo que pase! Mi amigo ya se murió.
Llegaron rápido al aeropuerto y entraron directo a la pista.
Yosver vio dos aviones de gran porte, uno de ellos el Tango 03, pero siguió
porque la camioneta de Gendarmería no paró hasta llegar a la cabecera sur,
donde los esperaba un avión pequeño.
Los vehículos de la custodia hicieron un semicírculo para
iluminarlos con sus faros mientras cargaban el féretro en el avión. La puerta
no era muy grande por lo cual tuvieron que hacer varias maniobras.
–Con cuidado, con cuidado, chicos. No lo maltraten.
La voz de la Presidenta brotó de la noche oscura.
Inconfundible, incansable, implacable.
(*) Periodista
y escritor. Su último libro es “Salvo que me muera antes”, de
Editorial Sudamericana. Artículo publicado originalmente por Infobae.
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