22 feb 2026
NACIONALES

El desafío actual: Un análisis profundo del perfil de la situación actual y sus implicaciones

El desafío actual: Un análisis profundo del perfil de la situación actual y sus implicaciones

Siempre he pensado que quien no ama profundamente no puede comprender del todo.

Es el corazón el que determina a qué temas dirigirá el cerebro su energía de pensamiento.

Quien no siente pasión por la política y, lo que es aún más preocupante, quien odia al Estado, no es la persona adecuada para ocupar el cargo político más crucial: la presidencia de un país.

Este es el dilema ineludible de Javier Milei: no puede y no sabe, porque no desea, cumplir con lo que se espera de un presidente: ser un político. Una persona capaz de convencer y alcanzar acuerdos para implementar las decisiones necesarias y avanzar en una determinada dirección.

Nuevamente, la etimología resulta esclarecedora: acordar proviene de cordis, la palabra latina para corazón, lo que implica unir corazones y desear lo mejor para el otro.

Un refrán dice: “Hace más quien quiere que quien puede”. Entonces, ¿qué es lo que realmente quiere Milei?

En una de las mejores columnas del año, publicada el jueves en el diario El Cronista (y que hoy republicamos en PERFIL con una recomendación expresa de lectura completa), el director de la consultora Synopsis, Lucas Romero, escribió: “¿Quiere Milei provocar decisiones colectivas o simplemente desea que le den la razón? ¿Quiere ser un político o prefiere seguir siendo un economista? (…) No se es presidente para demostrar que se tienen ideas; se es presidente para propiciar decisiones colectivas que se consideran necesarias para resolver problemas. Si lo que busca es reconocimiento intelectual o premios, hay otros ámbitos para ello”.

No es ni necesario ni conveniente esperar a convencer a todos o llegar a acuerdos con casi todos (lo que es prácticamente imposible), sino con la cantidad justa para que las decisiones que requieren consensos puedan ejecutarse.

La decisión de Milei de confrontar y enemistarse con todos demuestra que no desea ser político, es decir, presidente. Utiliza la presidencia como un medio para fines personales distintos.

El problema no radica en que las ideas del presidente sean malas, muchas de ellas lo son. La cuestión esencial no es su doctrina, aunque en parte también lo sea.

El verdadero problema se sitúa antes de sus ideas o doctrinas; es existencial. ¿Cuál es el ser-para-sí de Javier Milei? Ser un profeta que transforme la cultura argentina durante décadas no es el objetivo de un presidente.

Cuando habla de una Argentina potencia en 2045, se escapa hacia un futuro incierto a partir de un presente inalcanzable. Además, pone de manifiesto su inclinación hacia el mundo de las teorías, cuando la función de un presidente debería radicar en un enfoque más práctico.

El dilema de Milei, más que ideológico, es metodológico, y antes que metodológico, es psicológico. No habría superado un examen de competencia para el cargo al que se postuló. Le falta la inteligencia emocional requerida para desempeñar la función.

Lucas Romero escribió también: “Este ciclo nos ha brindado suficientes pruebas de que este es un gobierno que carece de praxis política, es decir, de la habilidad para llevar a cabo el conjunto de acciones necesarias para tomar decisiones. Esta carencia no debería sorprender, Javier Milei llegó al poder con solo dos diputados, sin experiencia ejecutiva en la administración pública y sin un equipo de personas y profesionales con experiencia en el manejo del Estado. (…) De todos los candidatos a presidentes de 2023, Milei era el único que enfrentaba no solo un desafío económico, sino también político. Porque era el único que se alejaba de garantizar condiciones mínimas de gobernabilidad para tomar decisiones. Esa dificultad se veía agravada por su falta de experiencia política. (…) Por más molestos que estemos con el piloto del avión, a ningún pasajero en su sano juicio se le ocurriría sacar al piloto de la cabina para colocar en su lugar a un pasajero que sin ser piloto afirmara que cree que puede pilotar el avión”.

“Sano juicio”. Se ha escrito lo suficiente sobre cómo la pandemia impactó el juicio de una parte significativa de la población. Y sobre cómo podría haber resonado esa afectación social con la del propio Milei.

Lo que se necesita ahora son copilotos que colaboren para aterrizar el avión sin estrellarse.

Las elecciones del próximo domingo en la provincia de Buenos Aires funcionarán como una especie de primera vuelta, y las nacionales de octubre, como un balotaje. La sociedad tiene la oportunidad de confirmar o replantear la autonomía del piloto. No solo el rumbo y el destino, sino también la manera de conducir, con o sin turbulencias adicionales, de manera consensuada o divisoria, buscando aplacar la inquietud innata de nuestro conductor.

Conducir y conducta comparten una misma raíz lingüística que alude a guiar y dirigir (dirección). Cuando el problema es la conducta de quien conduce, el rumbo y el destino pierden relevancia.

En psicología, la neurosis de destino se asocia con la compulsión al fracaso y a la repetición de conductas inapropiadas para los fines, autoimpuestas inconscientemente como forma de autocastigo.

Siempre somos responsables de nuestras elecciones. Siempre podemos optar por otras alternativas. No estamos condenados al autosabotaje ni a perpetuar la decadencia.

La democracia no exime a los votantes de tomar decisiones erróneas, pero ofrece la posibilidad de corregirlas de manera pacífica. Nosotros, los ciudadanos, somos los protagonistas.

Milei alimenta la crisis de representación que lo creó. No puede superarla porque es parte de ella. Sin embargo, como decía el papa Francisco, no hay que personalizar los conflictos y cosificar los vínculos, sino al revés: cosificar los conflictos y personalizar los vínculos. El problema Milei somos también nosotros, con nuestras decisiones, y si no lo solucionamos con nuestro voto, el problema Milei volveremos a ser nosotros.

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