22 feb 2026
NACIONALES

Día 551: el Kirchnerismo enfrenta su depresión mientras se aferra a una manía persistente

La manifestación en defensa de Cristina Kirchner no tuvo la épica de la marcha que acompañó a Lula cuando fue detenido en Brasil. ¿Qué expresa este clima festivo en la protesta frente un hecho consumado?

Día 551: el Kirchnerismo enfrenta su depresión mientras se aferra a una manía persistente

Ayer, dedicamos esta columna a criticar el determinismo funcionalista que caracteriza la historia del kirchnerismo actual, que, en esta etapa, se ha limitado a un campo político sectario, no mayor a La Cámpora. Este se reduce a simplificar: “Si Lula fue preso y luego volvió a la presidencia, Cristina, presa, volverá a la presidencia”.

Y se llega a la conclusión de que, como a Milei le irá mal, la gente pedirá que volvamos; es decir, “A Macri le fue mal y la gente pidió que volviéramos; a Milei le irá mal, la gente pedirá que volvamos”.

El silogismo correcto sería: “Cuando a Macri le fue mal, volvió el kirchnerismo y fue peor. Cuando a Milei le vaya mal, la gente elegirá algo con lo que crea que podrá mejorar”, lo cual no ha sido lo que ocurrió.

El eslogan “vamos a volver”, omitiendo el hecho de que ya volvieron, es un claro indicador de un mecanismo de defensa—el más humano de todos, al que todos recurrimos— que es autoengañarse para soportar el dolor de la frustración, sobreactuando lo opuesto a lo que se teme.

El modo manía solapando la depresión, al que alude el título de nuestra columna de hoy, se expresa de forma evidente en el clima festivo que se vivió durante los cinco días hábiles de aguante frente a la casa de Cristina Kirchner, así como en la alegría que ella misma irradiaba con sus bailes en el balcón.

Este sentimiento también se reflejó en el ánimo de muchos de los manifestantes que colmaron la Plaza de Mayo y sus alrededores, donde no se estaba participando en un duelo por una pérdida, sino en la convicción de un nacimiento, con la necesidad de estar seguros de que la historia los espera.

Nada más opuesto al sentimiento de quienes marchaban junto a Lula camino a su detención: lloraban abundantes, le rogaban que no se entregara, y las imágenes de pesar eran desgarradoras, propias de un funeral. Lula, caminando hacia el coche de policía que lo llevaría a prisión, mostraba la cabeza gacha y un gesto de profundo dolor.

“No, no estoy escondido. Voy a ir allí y ver sus rostros para que sepan que no tengo miedo. Entonces sabrán que no voy a correr y voy a demostrar mi inocencia”, afirmó Lula antes de entregarse y pasar 580 días en una celda de 15 metros cuadrados.

En contraste, en la marcha de este miércoles, tras el discurso de Cristina Kirchner, se percibía un clima festivo en la Plaza de Mayo mientras resonaban los Redonditos de Ricota.

¿Qué significa que en el país de la alegría y la música, los brasileños partidarios de Lula lloraran, y que en el país de la melancolía —cuna del tango— los argentinos partidarios de Cristina exhibieran más sonrisas que lágrimas?

Claramente, lo que estaba sucediendo no tenía la épica que luego facilitaría el regreso de Lula. La detención domiciliaria de Cristina, sin necesidad de cumplir ni siquiera las formalidades legales mínimas, no se percibe ante los ojos de todos como la de Lula. Mientras la celda de Lula medía 15 metros, su realidad era distinta.

Lula no era más joven que Cristina: en 2018, también tenía septuagenaria; además, venía de un cáncer de esófago; su mujer, también enferma, había fallecido un año antes, lo que significaba que estaba en pleno duelo por su esposa de toda la vida, Marisa Letícia Lula da Silva, quien había cosido con sus manos la primera bandera del Partido de los Trabajadores.

Y la ubicación de detención de Lula no solo no fue su casa, sino tampoco su ciudad: lo trasladaron a otra provincia, a otro estado, a cientos de kilómetros de San Pablo. Sería equivalente a trasladar a Cristina a la Unidad Penitenciaria Nº 4 de Bahía Blanca, por ejemplo.

Además de su esposa, mientras estuvo en prisión, murieron su hermano y, la más desgarradora de las desgracias, su nieto de 7 años por meningitis. Al verle llorar en ese funeral, al que le permitieron asistir por unas pocas horas, nadie imaginaba en ese momento que ese hombre roto podría recuperarse. Se alimentó con comida de cárcel durante 580 días, y no había Rappi para llevarle Rapanui.

En Brasil también se considera la posibilidad de prisión domiciliaria para mayores de 70, pero la codicia vengativa de los anti-lulistas —que se la negaron— lo llevó luego a la presidencia. Con sabiduría política, la Justicia argentina concedió a Cristina la benevolencia que, desde mi perspectiva, corresponde, ya que es socialmente más adecuado que cumpla la condena en su hogar.

Cuando detuvieron a Lula, ocurrió algo inmenso en Brasil. En Argentina, con la condena a Cristina, no parece haberse producido lo mismo. Tras tantos años de amenaza —“Si tocan a Cristina, se va a armar un lío”— no sucedió, por lo menos hasta ahora, gracias a Dios, ningún, mérito también de sus partidarios.

Fue más dramática la enorme convocatoria que acompañó a Cristina Kirchner el 13 de abril de 2016 en Comodoro Py, al declarar por primera vez como expresidenta, que la del 13 de noviembre de 2024, el año pasado, cuando Casación confirmó su condena.

En el interín, como bien apuntó Manu Jove en un mensaje de X, había pasado el gobierno de Alberto Fernández y ella misma. Ya había agotado —y sin éxito— su carta de volver al gobierno. Ya había retornado al poder, y desgraciadamente, sin éxito.

Más allá de la falacia “Cristina igual a Lula” o “Cristina opuesta a Milei”, el evento de ayer encierra múltiples otros mensajes: fue un acto de La Cámpora para disciplinar al resto del peronismo. La organización entonaba canciones contra Kicillof, aludiendo a la frase de las nuevas letras que ya se ha vuelto célebre en la discusión peronista. “Si quieres una nueva canción, ven y te presto la mía”, coreaban los jóvenes de La Cámpora en varios puntos de la marcha.

La organización kirchnerista fue, sin duda, la más numerosa y parecía haberse volcado a evidenciar esa superioridad numérica a lo largo del recorrido. El sindicalismo, claramente, no fue parte activa. La CGT había dado “libertad de acción” y las columnas de diferentes gremios eran pequeñas delegaciones. También se escucharon cánticos contra la CGT por no haber convocado con fuerza.

Los gobernadores solo disimularon su ubicación, quedando cuatro significantes encarnados: Máximo, Massa, Kicillof y Grabois. Máximo y Massa parecían estar más cercanos; Grabois, como siempre, contra todos; Kicillof, en soledad.

Además, la discusión sobre el propósito del acto de ayer queda abierta: más allá de la catarsis emocional, de la necesidad de transmitir apoyo a la condenada, ¿para qué sirvió políticamente el acto?

La marcha de Ni Una Menos creó una agenda feminista permanente en el país. La marcha universitaria logró retroceder —levemente— a Milei. Retrocediendo más en el tiempo, la marcha del 17 de octubre sacó a Perón de la cárcel y lo llevó a la presidencia, aunque en aquel entonces se trataba de una dictadura. ¿Cuál es el efecto de esta marcha, salvando las distancias históricas?

No hubo un ethos. Confluyeron fragmentos con idiomas distintos, unidos coyunturalmente por una cuestión puntual que no alterará esa ni otras movilizaciones: el avance en la Justicia de los casos contra Cristina Kirchner, que seguirán progresando. Una marcha sobre un hecho consumado, contra una proscripción que se termina aceptando.

Pasaron de la unidad al amontonamiento, como planteó Javier Calvo en una nota publicada hoy en Perfil.

“Este modelo que ahora encarna Milei, que no es diferente a los de épocas pasadas, se desmorona. Y lo hace no solo porque es injusto e inequitativo, sino fundamentalmente porque es insostenible desde el punto de vista económico”, declaró Cristina Kirchner ayer en su discurso.

Esta posición política del kirchnerismo la había anticipado el periodista Carlos Burgueño en Perfil.com. Ayer le realizamos una entrevista para que comente su columna, la cual recomiendo. Vamos a un extracto de la conversación que tuvimos con Burgueño.

“Lo primero es que Cristina Fernández de Kirchner —y el kirchnerismo— están convencidos de que habrá una crisis, y que esa crisis deberá ser aprovechada políticamente para la redención”, expresó Burgueño en una entrevista que le realizamos ayer en este programa.

No esperan un 2001, que es el punto de partida del kirchnerismo, el 2001-2002, la llegada al poder en 2003 y la caída de la convertibilidad. Tampoco un ’89, ni la hiperinflación de Raúl Alfonsín”, subrayó.

Agregó: “Visualizan un escenario similar al de Chile de 2019, donde el disparador fue un aumento de 30 pesos en el boleto de transporte público. O sea, la nada misma como para generar una chispa que posteriormente desencadene una asonada que cambie el sistema político de Chile —como lo hizo— y el sistema económico, en democracia, todo dentro de las instituciones”.

En la marcha, la consigna y el lema de la propia Cristina pareció reducirse a: “Milei tiene fecha de vencimiento, nosotros no”. En otras palabras: Milei va a morir pronto; nosotros estamos más vivos que nunca. En el discurso siempre hay lo que se dice… y lo que no se dice. Esto último, a veces, resuena con mayor intensidad. Esta vez, lo que estaba implícito en el discurso era: “no estamos muertos”. Nosotros no estamos muertos; Milei es el que se va a morir.

Una marcha que no ordenó electoralmente al peronismo. Podría, en un futuro cercano, fallecer Milei —simbólicamente y políticamente, por supuesto— e igual no sobrevivir La Cámpora y el cristinismo. La insistencia acerca de la fecha de vencimiento de Milei denota el temor a la propia finitud.

Finalmente, el kirchnerismo en modo manía, la mejor forma de taponar su depresión.

Nos despedimos con la misma canción que sonó ayer tras las palabras de Cristina: Todo preso es político, de los Redondos de Ricota.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

MC/ff

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