Aclaremos enseguida que el senador Edgardo Kueider, el
kirchnerista aliado de Milei que fue detenido con más de 200.000 dólares cuando
ingresaba a Paraguay, no tiene nada que ver con el ya célebre pacto
Javi-Cristina. Edgardo -cariñosamente, Mister Ed- se cortó solo. Bueno, no
solo: cruzó la frontera con su secretaria, Iara, como lo venía haciendo
regularmente.
Es el sexto viaje del año a Paraguay, siempre con ella, siempre
llevando dólares, también pesos, que después revoleaba en un convento de monjas
en Asunción. ¿Por qué pesos? Según los trascendidos, las monjas querían
diversificar su cartera con la moneda de moda en el mundo. Tan de moda que en
algunos mercados le están cambiando el nombre: “Compré un auto por 70.000
mileis”.
Cuando las autoridades paraguayas le preguntaron por esos
dólares que no había declarado, Ed balbuceó incoherencias. El interrogatorio
fue delicioso: ¿Y esta plata, senador? Ehhhh… ¿qué plata? Los 211.102 dólares.
Bueno, a ver, digo: los 102 dólares son míos. Ahorros de toda la vida. ¿Y los
otros 211.000? Ni idea. Pregúntenle a mi querida Iara.
La coartada es buena:
típico de una secretaria que clava un viaje al exterior con su jefe, hombre de
buen pasar, y sale de shopping. Tenían reservado un hotel en Ciudad del Este,
donde es sabido que se consigue de todo y por precios muy convenientes. El
problema no es la coartada de Ed, sino su cara. En serio lo digo. ¿Vieron las fotos?
¡A confesión de trucha, relevo de pruebas! La Providencia hace esas cosas: “OK,
serás kirchnerista, votarás con las fuerzas del cielo, te harás millonario,
pero, por las dudas de que zafes de la Justicia, llevarás la culpa en el
rostro. Esa es tu condena”.
En 2019, a Cristina le mandaron una foto de Mister Ed, al
que no conocía; la vio dos segundos y ordenó: “Lo quiero conmigo en el Senado”.
No será buena eligiendo candidatos a presidente, pero ve ciertas caripelas y
sabe que son de su especie. En cambio, Kueider (Kirchner, Kicillof, Kunkel,
Kueider… ¿Otra marca de nacimiento?) ya tenía un flor de prontuario cuando,
meses atrás, Santi Caputo intentó ponerlo al frente de la Comisión de
Seguimiento de los Organismos de Inteligencia; organismos que están bajo su
ala: es decir, Caputito quería ser controlado por Ed, sobre el que pesaban
denuncias por enriquecimiento ilícito y cobro de sobornos. Así como Cris reparó
en este purasangre entrerriano cuando vio una selfie, Caputito lo eligió
después de leer sus expedientes. De paso: me considero un buen detector de
caras que se autoincriminan, y vengo estudiando detenidamente la de Caputito,
ahora que está levantando el perfil y se deja fotografiar. ¿Mi consejo? Santi,
volvé a desaparecer.
Tipos como Massita, Máximo, Scioli, Moyano, Baradel… parecen
también haber sido sentenciados antes de venir al mundo, incluso injustamente.
En el caso del profesor Alberto, puede disimular un ratito, pero la conjunción
de gestos y palabras enseguida lo delatan. Otros tienen rasgos que hablan de
cierto orden y concordia. Por ejemplo, Kichi: nadie podría decir que es tan
torpe, que dice y hace tantas macanas. O Pato Bullrich, que de un pantallazo no
pinta lo jodida que puede llegar a ser; con ella, Javi recorrió el camino
contrario: de asesina de chicos a ministra estrella del gabinete. ¿Cris? No sé,
tiene una cara muy intervenida, a la que además contribuyen sus oros. Dicen que
de chica era linda. Son las peores.
Vaya mi consideración, por cierto, a la celebrity del momento,
el Gordo Dan (Daniel Parisini, 32 años, santiagueño, médico genetista). Me
encantan personajes como este pibe, que hasta hace un año hacía guardias en
hospitales y hoy se para ante un auditorio internacional y explica, con labia
de influencer, hacia dónde va el mundo. Sus facciones le dan apariencia de
emoji simpaticón: carita redonda, pelo corto y cuidado, trazo de sonrisa. Las
apariencias no engañan: con esa expresión amable quiere salir a cazar “zurdos
de mierda”. No podrá ir con su mujer: le acaba de conseguir laburo en el
Estado.
El que tiene más claro la importancia de un semblante
vendedor es el Presi: vive atento a ese rubro. Como no le gusta su papada, lo
primero que hace al enfrentar una cámara es esconderla pegando la pera al
pecho. Jon Lee Anderson, mítico periodista y escritor norteamericano, lo
entrevistó semanas atrás para un perfil en The New Yorker (Anderson, The New
Yorker, 15 páginas… ¡Cris, te querés matar!) y tardó nada en darle la cana.
“Durante mi visita -escribió-, su estilista paró la conversación para ajustarle
el pelo”. ¿Quién era esa chica atrevida que osó interrumpir el encuentro peine
en mano? La diputada Lilia Lemoine. Tan exótica es la escena que Javi le
explica a Anderson: “Ella [Lili] quiere que tenga una mezcla de Elvis Presley y
Wolverine”. El Presi le revela además su preocupación: por trabajar desde el
amanecer hasta la noche le están saliendo canas. “Soy fotosensible”.
No, Javi, sos fotogénico. Y, sobre todo, sos muy tierno.
(*) Columnista La Nación
Comentarios
0 comentariosSé el primero en comentar esta nota.