23 feb 2026
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Reflexiones sobre las papeleras

Nací en Gualeguaychú, pero me radiqué hace medio siglo a la Capital Federal para estudiar abogacía y me quedé a vivir en esta “trinchera del asombro”. Desde ella, he sido testigo del permanente crecimiento de mi ciudad natal. El actual conflicto por la instalación de las fábricas de pasta de celulosa en la costa del Río Uruguay, frente a mi viejo pueblo, ahora me incita a analizarlo. Solamente deseo que dicha distancia cronológica me inspire con la objetividad necesaria para ser útil con lo que diré. La reacción de mis ex-copoblanos, en esta gran temática de tercera generación, ha superado cualitativa y cuantitativamente el nivel de acción de muchos reclamos populares que hemos conocido. Sin exagerar, yo también creo que han producido una de las mayores movilizaciones mundiales en defensa del medio ambiente. Que, cualquiera sea el resultado final, ya han escrito una página de la historia moderna, concitando el apoyo total de la prensa oral, escrita y televisiva progresista universal.Como muy pocas veces ocurre, constituyeron una Asamblea popular horizontal que resuelve democráticamente. Que está cerrada a las políticas partidistas y que, con el permanente recambio de sus miembros, elude los vedetismos personales.Una movida ecologista revolucionaria. Han bloqueado los puentes terrestres con Uruguay y han cortado la ruta internacional 136 casi permanentemente. Han concretado marchas multitudinarias y mantienen un “piquete” sin fin en Arroyo Verde. Ahora han sumado el bloqueo del intercambio fluvial de pasajeros, con el cual todavía sólo con la amenaza, han puesto en jaque las fuerzas de seguridad del país.Es tanta la resonancia de su accionar que, para decirlo románticamente, aquélla que en su paroxismo es la que Neruda poéticamente definió en uno de sus “Veinte poemas de amor…”, como el resultado de “un campanario en las manos de un loco”. Pero hay hechos consumados que me preocupan y de ellos -valga la redundancia-, deseo ocuparme. La prolongación “sine die” de las negociaciones, las derrotas a manos del imperialismo en los estrados internacionales, especialmente los judiciales, y las actitudes gubernamentales demagógicas en ambos extremos. Una situación que, en el marco de la atinada estrategia inicial de difundir profusamente profecías apocalípticas para la vida humana, animal y vegetal de la zona si no se abortaba el proyecto de instalar las pasteras, pienso con todo respeto, ameritaría atenuar hidalgamente la intransigencia del lema inicial: NO A LAS PAPELERAS. La titánica lucha librada les permite reclamar, con igual dignidad, la entrega de resultados alternativos que merecen y que pudieran neutralizar las mellas que aquellos presagios catastróficos hubiesen producido en la atracción turística y las inversiones de Gualeguaychú, hoy privilegiadamente posicionado entre las economías regionales gracias al esfuerzo de muchas generaciones anteriores. En cuestión logros por sí mismos, el lema inicial de NO A LAS PAPELERAS (dos), ya podría mutarse por el de NO A LA PAPELERA (una, Botnia) con el traslado de Ence, que estrictamente sería un éxito del 50 por ciento. Rechazable con un criterio altruista de la ecología para el que otras propuestas favorables a la esencia del reclamo de las que ya habla la prensa no lo son. Como la canalización inocua para todos de los efluentes, una. En síntesis, se trataría de oír otras campanas bien intencionadas. Porque los habitantes del “paraíso terrenal”, como se llama “A Gualeguaychú” en el vals homónimo cantado por Soledad Pastorutti, agradecerán eternamente también el triunfo de la prevención, especialmente la instalación que han hecho en Gualeguayhú de la primera alarma contra la prescindencia de la licencia social para cualquier emprendimiento depredador de la vida sana. Los cirujanos cuando hienden el bisturí, inevitablemente se salpican. Nuestros bizarros ecologistas merecen nuestra ayuda en la higienización del quirófano donde operaron exitosamente una infección muy aguda. Finalmente, celebremos el gran triunfo colateral impensado que lograron. Gualeguaychú ya derrotó la impunidad que se adjudicaba el “primer mundo” para arrojar sus resacas en países en desarrollo. Y no es poco.Dardo Marchesinidmarchesini@sinectis.com.ar

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