19 feb 2026
NACIONALES

Pablo Ghigliani: ‘Dirigentes sindicales argentinos, los que más se enriquecieron en el mundo’

El historiador analizó el impacto de la reforma laboral impulsada por el Gobierno, la pérdida de representación sindical y las comparaciones con los modelos de Inglaterra y Alemania. “El movimiento sindical argentino es muy particular”, afirmó.

Pablo Ghigliani: ‘Dirigentes sindicales argentinos, los que más se enriquecieron en el mundo’
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Pablo Ghigliani, historiador argentino especializado en la historia del movimiento obrero, afirmó que en la Argentina “están los dirigentes sindicales que más se enriquecieron en el mundo”, aunque advirtió que reducir el sindicalismo a sus cúpulas es un error y criticó la “tibieza” de la CGT. En diálogo con Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), también cuestionó la reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei y sostuvo que “no hay nada en la letra de la ley que beneficie a los trabajadores informales”.

Pablo Ghigliani es un historiador argentino especializado en la historia del movimiento obrero, el sindicalismo y los estudios laborales en la Argentina. Doctor en Filosofía y Relaciones Industriales por la Facultad de Negocios y Derecho de la Universidad de Demford, en Inglaterra. Es docente de la Universidad Nacional de La Plata, es investigador del CONICET.

Además de tu formación en universidades nacionales, estudiaste en Inglaterra. Ese otro movimiento obrero que dio origen directamente a un partido laborista fue el inglés. Argentina fue el primer país industrial subdesarrollado del hemisferio sur. ¿Qué pasa con Inglaterra? En la Argentina un porcentaje cada vez más importante de personas no desea sindicalizarse, mientras otro sector trabaja en negro y carece de representación sindical. Incluso algunos sindicalistas reconocen que muchos trabajadores no registrados apoyan la reforma laboral porque iguala la situación.

La respuesta debe ser compleja porque atraviesa distintos niveles. En primer lugar, se trata de un proceso de mediano y largo plazo ligado a lo que se conoce como la reestructuración neoliberal de la economía, que comienza a mitad de los años 70 y tiene alcance global. Inglaterra la sufrió con fuerza bajo el tatcherismo en los 80 y 90. En Argentina tuvo varias etapas: la dictadura fue la primera y el menemismo la segunda. No se interrumpió por completo en otros momentos, pero esos periodos fueron especialmente marcados. Hoy volvemos a enfrentar una agenda neoliberal que afecta con fuerza al mundo del trabajo.

En segundo lugar, no coincido con quienes afirman que la reforma laboral no impacta sobre los trabajadores informales. La informalidad admite dos niveles: por un lado, el universo de los cuentapropistas, con características propias; por otro, el sector informal propiamente dicho, integrado por asalariados en condiciones de precariedad. Habitualmente se mide por aquellos asalariados a los que no se les practica descuentos jubilatorios, pero además hay otros incumplimientos legales vinculados a la legislación laboral. Esos no registrados hoy tienen derechos que no pueden hacer efectivos.

En muchos sentidos, esta reforma laboral consagra como derecho una situación de hecho. Así, la falta de horizonte para numerosos asalariados que hoy no acceden a derechos —y que, en cambio, los trabajadores formales consiguen, aunque con dificultad— configura expectativas y condiciones generales del mercado de trabajo que afectan al conjunto de la población trabajadora. Eso es lo objetivo.

En lo subjetivo, se ve claramente en las opciones electorales de amplios sectores de la población trabajadora: muchos jóvenes trabajadores vinculados a plataformas votan a Milei. Aquí ha habido un triunfo ideológico de esta derecha que les asegura a esos jóvenes que estas reformas los favorecen. Sin embargo, si uno examina la letra de la ley, que no sabemos si finalmente lograrán aprobar, no hay nada que beneficie a estos trabajadores y estas trabajadoras.

Es ilustrativo observar quiénes quedan fuera del proyecto de “modernización laboral”, ese término ampuloso tan propio de La Libertad Avanza, que disfraza retrocesos con eufemismos. No se incluyen las trabajadoras del servicio doméstico, porque es un sector ya desprovisto de derechos; tampoco los peones rurales ni la administración nacional y municipal —ese es otro debate— y quedan afuera los trabajadores de plataformas. Aunque un chofer de Uber aparece como cuentapropista en el discurso, en los hechos alimenta la ganancia de una empresa que no articula una relación laboral visible; esa persona depende de la plataforma y queda fuera de la cobertura.

El financiamiento de las universidades y de discapacitados representaba el 0,7 del producto bruto, mientras que el costo fiscal que va a tener que las indemnizaciones sean pagadas con el 3% menos de aportes patronales en las jubilaciones, es el 0,8%. No es una discusión de orden presupuestaria, sino una discusión de orden ideológica. La cuestión de fondo aquí es si finalmente no es también una inversión en la educación, cosa que yo creo que sí. Entonces el Gobierno dice: si yo bajo el costo, elimino el costo indemnizatorio para las empresas, las empresas van a tomar más personas. Desde un punto de vista teórico es una discusión plausible que solamente se podrá ex post ver su resultado, ¿no?

Pueden trazarse distintos escenarios. Primero: las indemnizaciones del proyecto en general sí se reducen, no se mantienen los niveles actuales. Los montos indemnizatorios vienen sufriendo una erosión histórica. Esta iniciativa debe leerse como una reforma en curso: estuvo en un decreto de necesidad y urgencia que la Justicia finalmente frenó y forma parte de una serie de intentos reformistas cuya trayectoria puede seguirse desde la dictadura militar en adelante.

Y si uno lo mira desde el punto de vista del neoliberalismo, el mismo planteo es que bajarles el impuesto a las empresas genera más inversión.

Si uno observa las estadísticas mundiales sobre la distribución del ingreso, se advierte que desde mediados de la década del 70 a la actualidad la desigualdad ha crecido de manera escandalosa. Es decir, estas políticas, a lo largo del tiempo y no solo en Argentina, han contribuido a aumentar la desigualdad.

Agrego que el 50% del producto bruto en los últimos 25 años fue para el 1% más rico. Ahora, eso no tiene nada que ver con la reforma laboral. El 80% de este producto bruto mundial lo generan los países en los que no hubo ninguna reforma laboral. El tema es que bajaron los impuestos a los ricos.

En países como Inglaterra no cabe una reforma laboral idéntica a la argentina porque la relación capital-trabajo está estructurada de otro modo. Sí hubo un retroceso muy marcado de derechos laborales, de la negociación colectiva y del poder sindical. Traje el dato sobre la desigualdad para contraponer el argumento de que bajar impuestos a los ricos incentiva inversión: la idea de que reducir indemnizaciones o que las empresas no contratan por el costo indemnizatorio es, en muchos casos, una ficción; es un argumento endeble. La historia del capitalismo muestra que es el crecimiento económico el que impulsa la contratación. Reducir costos facilita opciones para ciertas empresas, no para todas. Muchas firmas pequeñas terminarán cargando el costo de los despidos que generan las grandes empresas; además, las grandes empresas suelen tener un menor porcentaje de despidos.

El problema central es la redistribución de la riqueza, es que la mayoría de la producción de la riqueza hoy se ha convertido en productos líquidos cuya taxación puede cambiar de país en país. Hay una desmaterialización del capitalismo. A esas empresas que generan toda esta riqueza tecnológica no se les puede cobrar impuestos porque se van. Estamos en una fase de desmaterialización del capitalismo, que es el que crea este problema del malestar global porque estamos perdiendo el Estado de bienestar. El Estado no se puede hacer del dinero porque las personas que tienen que pagar ese 1% no pagan impuestos.

Sin embargo, también hay que señalar que nuestro gobierno reduce retenciones al campo y no grava a las mineras; por lo tanto, no se trata solo de desmaterialización.

Son dos cosas distintas. Cuando ellos bajan las retenciones pueden tener la lógica de decir que, en lugar de que haya X cantidad de millones de hectáreas plantadas, va a haber el doble. Ahora, respecto del tema laboral, podemos mirar es la historia. ¿Qué pasó con la representación de los sindicatos, que en Argentina han ido perdiendo cada vez más fuerza?

En Inglaterra ocurrió algo parecido: una pérdida de representación sindical vinculada a esas reformas y sus efectos sobre el trabajo, que a mi juicio son muy nocivos. Es una explicación que exige recorrer distintos planos.

¿Usted dice que la pérdida de prestigio de la CGT en la Argentina no es distinta a la pérdida de prestigio de las distintas centrales sindicales en los países desarrollados industriales?

No sé si cabe trazar un paralelismo absoluto, pero las tasas de afiliación sindical han tendido a caer globalmente. El crecimiento del sector informal o de asalariados no registrados no es solo un fenómeno local: responde también a estrategias empresarias claras para eludir impuestos y representación.

Si hablamos de la CGT en particular, es evidente que ha mostrado una posición muy tibia frente a varios intentos de reforma y embates. En muchas ocasiones se concentró en defender aspectos que, a mi juicio, siguen siendo relevantes, como temas de financiación que sostienen en buena medida a este movimiento obrero. En Argentina están los dirigentes sindicales que más se enriquecieron en el mundo.

Poder criticar a dirigencias enriquecidas, cuyos intereses a veces no coinciden con los de las bases, no debe llevar a minusvalorar la importancia histórica de la organización obrera: fue y es un actor poderoso que permitió, en numerosos episodios, bloquear ataques patronales muy severos. Desde mediados del siglo XX hay múltiples momentos que ilustran esa capacidad.

Hoy, con el nivel de informalidad vigente, hay tibieza de la CGT. Por ejemplo, ayer —a todas luces— hubiera sido necesario un paro general. Muchos compañeros y compañeras no pudieron movilizar porque no hubo paro.

¿Por qué cree que no lo hacen?

Me gustaría saberlo.

Una posibilidad es que consideren que todavía tienen capacidad de negociar con el Gobierno. Otra, que crean que no tienen el apoyo.

Coincido: hay una combinatoria de factores. Hay mucha especulación sobre el modo tradicional en que la CGT negocia entre bambalinas. También existe un diagnóstico que traslada resultados electorales al terreno de la representación sindical, cuando en realidad son esferas distintas.

En 2024 la universidad protagonizó una movilización histórica en la que participaron numerosos votantes de La Libertad Avanza: habían votado por distintas razones, pero al mismo tiempo valoraban la educación pública y salieron en su defensa. Lo mismo ocurrió con el Garrahan y en muchos conflictos laborales: los trabajadores que actúan en la defensa de ciertos reclamos no siempre comparten la misma preferencia electoral. Creo que la CGT confunde la tradicional distancia entre conducta electoral y defensa de intereses con la realidad de lo que la sociedad sale a proteger.

Normalmente está la acusación de casta. La idea de la persistencia de la misma persona en el mismo puesto a lo largo de 40 años genera una sensación de representación no democrática, por decirlo de alguna manera. En la historia del sindicalismo argentino, ¿siempre se dio esto que se da hoy o es un hecho nuevo que tiene que ver con la prolongación de la vida, la longevidad, la acumulación de años de sindicalismo?

No siempre fue así: la fisonomía y la estructura del movimiento sindical han cambiado mucho. En cuanto a las cúpulas, no fue una constante histórica; además, no ocurre igual en todos los sindicatos hoy. El triunvirato actual de la CGT está integrado por dirigentes que reemplazaron a otros; sin embargo, mantienen similares opciones de negociación a las de sus predecesores. Por eso no se trata solo de renovación, sino de decisiones políticas.

Hay, además, una cuestión que perjudica al sindicalismo: es innegable que existen dirigentes que llevan décadas al frente de sindicatos y que se han enriquecido de manera escandalosa si se las compara con la situación de las bases. No obstante, el sindicalismo es mucho más que esas prácticas: en los gremios hay una gran cantidad de delegados y dirigentes de base e intermedios alejados de esas conductas.

Miguel Ángel Pichetto dice que el Gobierno no se equivoca en esta reforma laboral en quitarle poder a las cúpulas sindicales y dárselo a las bases, porque las bases son mucho más combativas. Entonces, que en realidad va a lograr lo opuesto a lo buscado, o sea, que en realidad, en vez de debilitar al movimiento sindical, lo va a llevar a los sectores más combativos.

Ese temor sobre la “gordocracia” y la advertencia de que, si se desplaza a las direcciones, lo que emerge puede ser más combativo, es un argumento que históricamente se ha escuchado en distintos momentos, incluso durante la dictadura: “Si nos quitan a nosotros, lo que viene de abajo puede ser peor”, decían.

¿En otros países se produce algo parecido?

El movimiento sindical argentino tiene rasgos muy particulares; muchos fenómenos son locales por la magnitud de los recursos que manejan los sindicatos y que los hacen poderosos.

Por ejemplo, el tema este de las obras sociales y la atención médica es un fenómeno argentino que no se da en Inglaterra y eso es lo que le da la fuente de recursos, o gran parte de la fuente.

Efectivamente, las obras sociales son una fuente importante de recursos. Pero ahí hay otro aspecto: muchas veces se carga toda la crítica sobre los sindicatos, cuando también existen prestadores privados que se han enriquecido mediante negociaciones con las obras sociales. Las obras sociales, por un lado, fortalecieron al movimiento y, por otro, permitieron a numerosos trabajadores acceder a servicios como salud, turismo, campings y hoteles.

Pero para explicar comparativamente el sindicalismo argentino con el sindicalismo inglés, por ejemplo, ¿hay una diferencia?

Sí: los mecanismos y las formas de negociación son distintos. En el sindicalismo inglés muchos negociadores son empleados profesionales del sindicato y no necesariamente representantes directos de una fábrica o taller; eso genera críticas y también casos de corrupción, aunque no al nivel extremo que yo conozco aquí.

En Alemania los industriales con los grandes sindicatos buscan aumentar la productividad. Es un ejemplo mundial de alianza entre capital y trabajo. ¿A qué obedece? ¿Tiene que ver con la filosofía alemana? ¿Es algo del orden de la cultura? ¿Lo ubicaría también en el marco de todos los arreglos de posguerra de la Segunda Guerra Mundial?

Lo ubicaría en el marco de los acuerdos de posguerra. Alemania fue, en su momento, un polo tecnológico y productivo enorme en Europa. En el contexto del Plan Marshall y la reconstrucción, se consolidó una lógica de diálogo social: pactos fuertes entre cámaras empresarias y un movimiento obrero potente que procuraba combinar aumentos salariales con productividad.

Además, los impuestos en Alemania son elevados; a muchos industriales argentinos les parecerían impensables, y sin embargo ese esquema coexistió con altos niveles de beneficios sociales. No obstante, ese modelo también ha sufrido desgaste.

Quizás sea el mejor modelo que podamos tomar, ¿no?,

Sí. Aquí aparece lo que denomino la falacia de la contingencia: lo que es posible para algunos no siempre es factible para todos. Modelos escandinavos o ciertas realidades neerlandesas se sostienen sobre sociedades mucho más igualitarias que la argentina. Ayer y anteayer estuve con el embajador de Noruega hablando sobre la comparación entre el fondo de pensión noruego por petróleo y Vaca Muerta.

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