Ignacio Iturriaga, administrador de un establecimiento rural en la zona, explica que el río pasó de tener unos 60 metros de ancho y 1,20 metros de profundidad a alcanzar, con el dragado, 200 metros de ancho y hasta 3,5 metros de profundidad. “Aguas arriba y aguas abajo los trabajos sí se han completado, pero este tramo intermedio sigue sin resolverse. Como consecuencia, el agua que desciende con gran fuerza desde aguas arriba se estanca y se desparrama en la zona, provocando inundaciones y anegamientos antes de encauzarse nuevamente más adelante”, detalla.
Iturriaga también señala que “en todo el proyecto de canalización no se contempló la instalación de compuertas, que permitirían regular tanto la entrada como la salida del agua”, opina.
En cuanto a la ejecución de la obra, señala que las dragas empezaron a disminuir su avance hace más de un año, hasta quedar paralizadas. “Un hecho clave que marca la gravedad del evento es que los campos quedaron completamente cubiertos de agua en apenas 96 horas”, añade el productor.
Otro productor de la zona, Fernando Agustinelli, quien también gestiona un campo en la cuenca del Salado, confirma que vive la misma situación crítica y que el abandono de las obras genera una gran incertidumbre para todos los que trabajan la tierra en esta región.
Se pierden cosechas, ganado, alambrados, tranqueras y animales.
El panorama es extremadamente complicado, y no se despeja debido a las continuas lluvias. “El exceso hídrico persistirá hasta la primavera, como mínimo”, concluye Ginestet. Mientras tanto, lejos de la comodidad urbana, quienes viven en la ruralidad enfrentan diariamente desafíos de grandes proporciones que ya deberían ser parte del pasado.
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