21 feb 2026
OPINIóN

Elecciones, debates pendientes y grandes oportunidades

Elecciones, debates pendientes y grandes oportunidades
GB
Gustavo Bastian (*)
07 mayo 2023

No falta nada, en un par de meses los argentinos
volveremos a ir a las urnas para definir quiénes conducirán los destinos de
este país en el período 2024 – 2027. Los comicios se aproximan en medio de un
clima enrarecido, signado por un declive de los partidos políticos
tradicionales nunca antes visto y la irrupción de algunos personajes que, pretendiéndose
rupturistas, pregonan como una novedad las ideas más rancias de la peor derecha.
Sin embargo, como trataré de desarrollar en las próximas líneas, pese a lo
complejo de la coyuntura y al clima de desesperanza, nuestro país tiene un
potencial enorme y en el próximo lustro se presentarán grandes oportunidades
para las cuales la política deberá estar a la altura.

Las elecciones
generales 2023 están a la vuelta de la esquina y el momento no es el mejor. Ante
el fracaso del macrismo, que se fue del gobierno en 2019 dejando una Argentina mucho
peor que la que había recibido, la voluntad popular le encomendó al Frente de
Todos la difícil tarea de corregir el rumbo y levantar el país.

Considero que es
pronto para elaborar un juicio taxativo y justo sobre el desempeño de un
gobierno que aún tiene medio año por delante. Hay presencia del Estado, hay
obras y hay logros que se deben reconocer, pero lo cierto es que cuando el
aumento indiscriminado de los precios se lleva los salarios y compromete el
nivel de vida de los trabajadores, cualquier otro éxito parece una cuestión
menor.

La economía no
está bien, el gobierno se ha mostrado demasiado vacilante y cuando la urgencia
está en el plato de comida, los justificativos como una sequía histórica, una
pandemia o una guerra en la estepa euroasiática no alcanzan. Incluso entre los
militantes hay un clima apático y una sensación de que se podría -y debería-
haber hecho algo más.

Clima de época

Mientras que en
el campo popular predomina un clima de frustración y la apatía, la derecha está
más dinámica que nunca. Desde el día en que dejaron de ser gobierno, sus
dirigentes se pusieron a trabajar para minimizar las consecuencias de su
reciente fracaso y mantenerse competitivos, aceitando todos los espacios en los
que conservan cierta hegemonía (medios de comunicación, cámaras y foros con
poder de lobby, instituciones intermedias afines, etc.). Tan movilizada se
encuentra esta ¿nueva? derecha que no solo le ha dado un lavado de cara a su
propuesta macrista sino que también se permitió engendrar una alternativa más
extremista: los muy mal llamados “libertarios”.

No se trata solo
de un fenómeno vernáculo, en la última década se ha replicado en varios lugares
llegando incluso a tener peso en varios de los países más importantes. Cada
cual con sus particularidades, Donald Trump, Jair Bolsonaro y Marine Le Pen han
sabido representar estas expresiones más radicalizadas de la derecha,
promoviendo un discurso agresivo y provocador, que busca exacerbar el
individualismo extremo, el “salvese quien pueda”, el rechazo hacia cualquier
expresión solidaria o colectiva, y un fuerte sentimiento antipolítica.

Está demás decir
que en nuestro país, son el histriónico Javier Milei y la serpenteante Patricia
Bullrich quienes pugnan por ser las cabezas de este movimiento.

Más allá de las
posibilidades reales de llegar al gobierno por la vía democrática y de la
evidente inviabilidad de su programa, estos grupos han tenido un efecto notable
en el debate público corriendo hacia la derecha a todo el espectro político. Y
es que si aparece un personaje vociferando a los cuatro vientos la dolarización
de la economía y la eliminación del Banco Central; no resulta tan extremo que
otro, más prolijo, proponga la flexibilización laboral o reformas
previsionales.

La novedad, si se
quiere, y el peligro que representan es que en su afán de avanzar no escatiman
en llevarse por delante el entramado social y los consensos tácitos que deben
existir para que se garantice la convivencia democrática. ¿Quién hubiera
pensado, en tiempos de Obama, Clinton, o incluso de Bush, que un loco disfrazado
de búfalo iba a irrumpir en el Capitolio y poner en vilo a todo el mundo?, ¿O
que en Brasil, miles y miles de civiles armados,  vestidos con la camiseta verdeamarela, fueran
a bloquear el tránsito durante semanas desconociendo un resultado electoral
adverso?. No hace falta explicar que en un país como Argentina, con una
historia reciente y trágica que nos recuerda lo que puede ocurrir cuando se
interrumpe el orden democrático, ser tolerante ante estos excesos es abrir la
Caja de Pandora.

Enormes oportunidades

En contra de todo
lo que el discurso dominante pregona, Argentina es un país maravilloso. Pampa
húmeda, ríos navegables, montañas, todos los climas, esas grandes ventajas que
nos enseñan desde la escuela primaria están ahí. Y aunque nos bombardeen
permanentemente con una crisis económica terminal y un país a punto de
colapsar, la realidad es que en el futuro inmediato se avizoran grandes oportunidades.

Hay un tema del
que poco se habla y que, sin embargo, debería estar en el centro de la agenda
de discusión política. En el período que va desde este año hasta el fin de la
década, vencerán las concesiones de 17 represas hidroeléctricas las cuales
habían sido privatizadas en los años 90 y cedidas por treinta años. Su
recuperación para el patrimonio público podría contribuir enormemente a la tan
ansiada soberanía energética.

En esa misma línea tenemos los avances en la construcción del
Gasoducto Néstor Kirchner, obra de infraestructura imponente que ya se
encuentra en su etapa final y que se espera esté terminada en la segunda mitad
de este año. Una vez habilitado tendrá una importancia medular para la matriz
energética, abaratando los costos de transporte gasífero del país, y ahorrando
millones de dólares cada año al reducir gradualmente las importaciones de gas
boliviano.

A su vez, otro
debate en ciernes tiene que ver con el dragado del Canal Magdalena. Su
canalización posibilitará que buques de mayor calado accedan a puerto, abaratará
los costos de flete y generara un gran circuito económico en las localidades
costeras al sur de Berisso y Ensenada producto del mantenimiento y
abastecimiento de buques, servicios que hoy en día presta el Uruguay. Esta obra
se pospuso demasiadas veces en el pasado pero finalmente la decisión política
de llevarla a cabo pareciera estar tomada. Esperemos que esta vez así sea.

El nuevo milenio
trajo consigo novedades impensadas una generación atrás, pero que hoy pueden
representar una verdadera transformación de nuestra matriz económica y una
nueva fuente de divisas. Hoy existe la tecnología que permite la explotación
rentable del shale oil y el gas de lutita, recursos que Argentina posee en
enormes cantidades en el yacimiento petrolífero Vaca Muerta. A su vez, el norte
cordillerano cuenta con enormes reservas de litio, el llamado oro blanco,
mineral indispensable para la elaboración de las baterías que emplean los
dispositivos electrónicos que utilizamos a diario.

El potencial es
enorme, pero lo que hace 10 años parecía una proyección a futuro hoy es una
realidad palpable y nos encontramos en un momento visagra: Argentina debe darse
un debate profundo y definir qué rol tendrá como estado soberano sobre estos
recursos. ¿Los beneficios de su explotación redundarán en mayor desarrollo y
bienestar para todos, o nuevamente dejaremos pasar la oportunidad?

Recuperar la política

Los cuarenta años
de Democracia nos encuentran en un contexto complejo, difícil para los
militantes. Donde todos pugnan por avanzar, el quedarse quietos equivale a
retroceder y los que militamos en el campo popular, todos nosotros, ya no podemos
permitirnos ni un paso atrás.

El movimiento del
que soy parte siempre reivindicó tres banderas: independencia económica,
soberanía política y justicia social; y las oportunidades para hacerlas flamear
en alto están ahí. Lo que hagamos en los próximos años diagramará el futuro de la
Argentina, ya que con las políticas correctas, los ítems anteriormente
mencionados pueden, en conjunto, generar un círculo virtuoso en la economía promoviendo
el tan anhelado desarrollo industrial, impulsando el mercado interno y creando
millones de puestos de trabajo genuinos. Sería una transformación histórica que
le permitiría al país dejar atrás para siempre el ancla del endeudamiento y
finalmente despegar.

Las elecciones de
octubre son clave para ese futuro. Los argentinos debemos darnos ese debate y
para eso necesitamos dirigentes valientes y dispuestos. Los que nos hablan de
antipolítica, de castas, de individualismo, no quieren dar estos debates y
sabemos bien por qué lo hacen. De este lado, debemos sobreponernos a la
frustración, recuperar la política, empoderarla, reivindicarla como la única
herramienta que tenemos para transformar la realidad debe ser un imperativo y
el camino para ello es seguir militando, aún en estos tiempos difíciles. Lo que
hay más adelante vale la pena.

(*) Intendente de San José

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