20 feb 2026
OPINIóN

Por qué Dylan venció a Balcarce

Por qué Dylan venció a Balcarce
EG
Escribe: Gustavo González (*)
03 noviembre 2019

Aún no se sabe todo lo que se terminará junto a estos cuatro
años de gobierno de Macri. Pero es probable que lo que se termine sea más que
cuatro años de gobierno de Macri. Pasaron cosas, muchas. Pasó que por primera
vez una alianza social policlasista llegó a elegir la representación política
de alguien que no provenía del peronismo. Macri tuvo la oportunidad de
profundizar esa alianza y de corporizar una síntesis histórica superadora del
peronismo y el radicalismo. Hoy se sabe que no lo logró y que después de los
resultados económicos de su gobierno, esa alianza perdió en el camino a una
porción importante de los sectores pobres que no volvieron a votar a Macri. Y
desgastó y de-silusionó a sectores medios y altos que igual lo votaron frente
al temor que para ellos sigue generando el kirchnerismo. Restaría saber a
cuánto se reduciría ese 40% que obtuvo si se contara solamente el voto del
elector genuino, satisfecho con su gestión, suponiendo que en el futuro el voto
anti K podría diluirse o buscar otro candidato.

También pasó que, por primera
vez en la historia, un gobierno no peronista estaría finalizando su mandato
dentro de los plazos originales. Lo que en otro país es una aburrida
normalidad, aquí es un logro institucional y un eventual activo político. El
país no es una empresa. Estos cuatro años, además, fueron inéditos porque un
administrador no peronista ni radical convocó para gestionar a una amplia
mayoría de CEOs. El objetivo verbalizado era trasladar el éxito y su expertise
en el mundo empresario a la administración pública. Y reemplazar a los
políticos y dirigentes “contaminados” por las mañas y corruptelas de la vieja
política. Lo que se demostró es que se puede gestionar el Estado a través de un
trato respetuoso con los privados e, incluso, conseguir mejores precios para la
construcción de obras públicas. Lo que estuvo lejos de demostrarse es que un
país se puede manejar como se maneja una empresa privada.

Empezando por el
propio Macri. Lo explicó Paul Krugman en su artículo “Un país no es una
empresa”: “Así como lo que los estudiantes aprenden en Economía no les servirá para
echar a andar un negocio, tampoco lo que los empresarios aprenden operando una
empresa les ayudará en formular políticas económicas”.  Se necesita más
que eso. Para Krugman, el trabajo de un empresario o un CEO consiste en ganar
dinero, no en crear empleo y, a veces, ni siquiera en desarrollar empresas
duraderas. Lo que suelen buscar es el máximo rendimiento posible. Macri y sus
CEOs aplicaron desde el primer día la razonable lógica empresaria de que no se
puede gastar más de lo que se tiene, sin entender que para alcanzar el mismo
objetivo en una empresa/país con 44 millones de habitantes se requiere, entre
otras condiciones, amplios consensos. Sobre todo cuando se trata de drásticos
ajustes para alcanzar el déficit cero: es necesario explicárselo a todos y
dialogar con los representantes políticos de los millones de argentinos que no
habían elegido a Macri, para convencerlos y conseguir que convenzan a sus
representados.

Quien maneja un país no es el dueño del paquete accionario,
y su futuro en ese cargo depende del voto que le den los ciudadanos, que no son
sus empleados. Ahora, por ejemplo, la mayoría de ellos le revocó el mandato y
eligió otro gerenciador. El peligro que trae aparejada la derrota del macrismo
es que además de cristalizar el fracaso de los CEOs en la gestión pública,
también se den por fracasadas las mejores prácticas institucionales y de
racionalidad económica que algunos de esos funcionarios llevaron adelante.
Crisis del marketing. Lo que también revelaron estos años es que las mismas técnicas
de marketing que pueden servir para llegar al poder, no alcanzan para
permanecer en él. Y hasta pueden convertirse en un significante social de la
derrota. La duda es si aquella alianza policlasista que ayer se había sentido
seducida y reflejada por un marketing que exaltaba el nuevismo del PRO
(informalidad, redes sociales, liviandad política, lejanía de los partidos
tradicionales), en el futuro asociará esas características al fracaso de una
gestión. Como el truco de los magos, la innovación es una cualidad de los
creativos hasta que se descubre que es solo una estrategia de campaña.

Cuando
se revela el truco la magia deja de tener efecto. Lo que pasó con el macrismo
es una hipertrofia de la innovación, un gobierno en el que la genialidad de sus
estrategas electorales llegó a reemplazar el rol de la política, y quienes
debían ser los conductores se dejaron conducir por los resultados de los focus
group. La culpa no es de los consultores. Es de los políticos. Esa hipertrofia
inventiva fue producida por la retiración de los trucos en medio de una crisis
que nunca se superó. Así, lo que antes parecía fresco y cool se empezó a
percibir como artificioso y electoralista. Demasiado nuevismo se volvió viejo.
 Al punto de que después de las PASO Macri decidió asumir la campaña
tradicional de los actos en todo el país, con los típicos discursos prolongados
y pasionales que esperan esas movilizaciones. Es probable que parte del repunte
de las elecciones generales se haya debido a ese regreso a la campaña clásica. 

¿Vuelve la modernidad? Desde el principio, los estrategas
electorales de Alberto Fernández descubrieron, o intuyeron, que una parte de la
sociedad comenzaba a asociar mala gestión de gobierno con exceso de marketing,
y a los mensajes breves del oficialismo con contenido hueco. Cerca de Alberto
explican que él deshechó de entrada los artificios de la mercadotecnia
electoral. Más por instinto político que por análisis sociológico. Por eso era
criticado por expertos del macrismo y hasta de su propio entorno. Uno de los
principales estrategas de Macri simboliza ahora su éxito en la imagen de
Alberto paseando a su perro Dylan: “Nosotros tuvimos a Balcarce, pero fue un
invento comunicacional y se terminó notando que Mauricio no tenía nada que ver
con el animal, que no era natural. En cambio, la gente se dio cuenta de que el
perro de Alberto es de verdad y que él lo quiere”.

La metáfora se extiende a
Alberto tocando la guitarra, riendo con amigos, fotografiado con su pareja,
abrazado a su hijo. Fernández significó el regreso del candidato tradicional,
casi anticuado: el candidato de los discursos largos, con bigote, ropa formal y
entonación gardeliana. El marketing y la consultoría política también fueron
víctimas de la derrota macrista. Lo mismo que la posmodernidad política, de la
que Macri y los suyos fueron fieles reflejos. El problema es que los tiempos
posmodernos también están en crisis, y no por culpa de Macri. La modernidad
está de vuelta en el mundo, convertida en hipermodernidad. Lo que sale de esa
mezcla rara de posmo y moderno es Trump como revival de la Guerra Fría,
Bolsonaro y Maduro como herederos de los liderazgos caricaturescos de los 60 y
70 o el regreso de los nacionalismos extremos. También el kirchnerismo es
exponente en la Argentina de esa hipermodernidad, de la militancia setentista,
pero con OSDE. Sin embargo, el presidente electo parece más una resurrección de
lo moderno, del peronista clásico, de lo que simboliza Litto Nebbia y el rock
nacional frente a la liviandad festiva de Gilda y la cumbia.  Y como todo
presidente electo, Fernández tiene una gran ventaja. Todavía no empezó a
gobernar. 

Presidente y CEO de Editorial Perfil. 

Comentarios

0 comentarios

Iniciá sesión con Google para comentar

Conectado como
Tu comentario se publicará al instante.

Sé el primero en comentar esta nota.

Te puede interesar