En Argentina no pasa absolutamente nada. La casa está en
orden. Tanto así que desde hace dos días hablamos de las veleidades de Elisa
Carrió. Histriónica como pocos, y más que nunca, la diputada pasa de interpelar
a la clase media para que reactive la economía a base de changas y propinas a
mostrarle el látigo al radicalismo.
No le sale gratis pero esto pasará. Como
todo.
La relación entre la UCR y Carrió supura desde hace décadas. Los
radicales “racionales” (como el peronismo que busca la enésima reinvención) han
logrado disimular su malestar hacia la rockstar legislativa.
Los otros se
amparan en la demoledora descripción que Raúl Alfonsín hizo de ella en 2007:
“Traidora, enemiga de la Unión Cívica Radical, lo peor que se puede esperar en
cuanto a enemigo, porque es hipócrita”. Ella todavía lo recuerda.
Caer en la
boca de Carrió es como jugar a la mancha venenosa. Uno queda tocado hasta que
otro comparte esa suerte. En ésas estuvo este viernes el entrerriano Atilio
Benedetti. Coprotagonista del chiste que hoy escandalizó a los radicales
antiLilita, el diputado quedó entre la sonrisa obligada ante y su intento por
minimizar el exabrupto. El “tocado” Benedetti obtuvo una solapada reprimenda
pública con el comunicado de la UCR.
Horas más tarde, le toca al presidente del
partido, Alfredo Cornejo. Carrió retrucó la nota partidaria hacia el pasado
filokirchnerista del mendocino. “Mil disculpas Cornejo, es una vieja broma que
hago hace 20 años, que hace reír a la gente, solo que quizás no la recordás
porque en esa época estabas en el Kirchnerismo”, tuiteó.
Un sugestivo mensaje
si se tiene en cuenta que la dirigencia política argentina no se caracteriza
por resistir archivos. Hace veinte años, el kirchnerismo no existía, sus
creadores ocupaban bancas en el Congreso dentro del bloque justicialista y
Carrió (ya diputada) militaba la candidatura presidencial de Fernando de la Rúa.
Se alejó luego de la victoría de la Alianza, disconforme con la composición del
gabinete nacional.
Años después, integraba la Comisión antilavado: junto a los
todavía justicialistas Cristina Kirchner, Daniel Scioli, Carlos Soria y la
entonces ARI Graciela Ocaña, prometía acabar con la corrupción en Argentina.
Mientras la UCR contiene el enojo, Carrió aporta humor al incidente: está en
Córdoba y promete visitar a su “único jefe” y uno de los pocos radicales clave
para el gobierno de Cambiemos, Mario Negri.
Sin gracia.
Lo que antes causaba
risas puertas adentro de la Casa Rosada se convirtió en un chiste desgastado.
Los teléfonos que atienden a Carrió para aplacar su enojo -como con la media
sanción del proyecto sobre despenalización del aborto- o moderar sus
comentarios mediáticos -con el ida y vuelta con el todavía ministro Aranguren o
las periódicas embestidas contra Ricardo Lorenzetti y Daniel Angelici- rotan.
El interlocutor que hace terapia con la diputada cambia según el tenor del
escándalo y el cansancio sostenido por calmar aguas agitadas sin necesidad. En
el último minuto, y sólo si es necesario, aparece la foto con Mauricio.
Cada
vez hay menos paciencia y este último sketch generó fastidio. Hay algo que todo
el arco político debe agradecerle a la diputada: su funcionalidad en el debate.
El plan económico de changas y propinas y el berrinche déspota de esta mañana
corren el eje del debate público.
A Cambiemos le sirve hablar de eso y no de la
caída de la imagen de Macri o las barbaridades de la vicepresidenta Gabriela
Michetti en La Nación. Mucho menos de la interna Marcos Peña – Gabinete
económico y Marcos Peña – María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta.
Tampoco hay tiempo para discutir la crisis de la AFA ni el congelamiento de la
obra pública, que prometía revivir las agonizantes economías provinciales.
La
UCR también le debe a la Dra Carrió. Esta es una buena oportunidad para volver
a pelear una mayor participación en las decisiones centrales de Cambiemos y
dejar de ser un miembro observante de la Coalición, más allá del protagonismo
en el Congreso.
En un segundo semestre que está cada vez más lejos de la
promesa presidencial de 2016, marcado por una crisis económica sin signos
alentadores, Cambiemos muestra los hilos ante un peronismo que todavía no
encuentra su nueva forma pero que apuesta a jugar fuerte en 2019. De momento,
disfruta la escena (poco auspiciosa para el oficialismo) y le reza a Juan
Domingo. Un sainete.
(*) Periodista.
Editora general de Perfil.com

Comentarios
0 comentariosSé el primero en comentar esta nota.