Recorriendo las páginas de Tengo ganas de risas Raquel, seadvierte que la poesía de Gandolfo está lejos de ser una boutade ocasional,todo lo contrario: hay en ella un estilo marcadamente personal, macerado a lolargo de los años, una poética sorprendente, llena de meandros y matices quesiempre logra que el lector mantenga a flote su atención, algo muy difícil delograr en un género que suele ser asediado por el sopor de pretenciososgalimatías o por narcisismos à la page.
El libro fue publicado por Eduner (Editorial de laUniversidad Nacional de Entre Ríos) en una cuidada edición que incluye sutilesilustraciones de Max Cachimba, quien también se encargó de la tapa.
Durante la década del 70, los poemas de Gandolfo deambulabanpor revistas y publicaciones colectivas como De lagrimales y cachimbas, Poesíaviva de Rosario y La huella de los pájaros. Junto a los poetas Hugo Diz,Eduardo D’Anna y Francisco Gandolfo (su padre), integró la mítica revistarosarina El Lagrimal Trifurca que, afortunadamente, hace unos años tuvo unaedición facsimilar dentro de la colección Reediciones y Antologías de laBiblioteca Nacional Mariano Moreno.
Con una larga trayectoria como periodista cultural, Gandolfotrabajó a destajo en todo tipo de medios como los diarios Página/12, Clarín, LaNación y el País Cultural (Uruguay), y revistas culturales como Diario dePoesía y V de Vian.
Nacido en San Rafael, Mendoza, pero con una infanciarosarina, desde muy joven alternó su vida entre Montevideo, Buenos Aires yRosario, una especie de Triángulo de las Bermudas, donde se convirtió en unincansable traficante literario, en un puente humano entre ciudades; susopiniones siempre fueron seguidas con devoción, en una y otra orilla. Escritorpluridimensional, obrero de la palabra, Gandolfo se ha movido a lo largo de suvida por un amplísimo arco cultural, combinando libros de relatos como La reinade las nieves, Ferrocarriles Argentinos o Las diez puertas, con novelas comoBoomerang, Ómnibus o la reciente Un error de Ludueña. También se ha destacadocomo traductor de Tenneesse Williams, Pierre Choderlos de Laclos y los poetasde la Generación Beat, entre otros autores.
Un poeta a prueba de balas. La poesía de Gandolfo tiene unarara virtud alquímica: convierte los asuntos más banales en prodigiososartefactos que nos obligan a repensar nuestra existencia en el mundo. Paraadentrarse en esa maraña de reflexiones y pensamientos, no necesita apelar a unlenguaje elevado ni “vueltero”: Gandolfo va al hueso, munido de palabras detodos los días, de vocablos ajados por el trajín cotidiano y los intercambiosincesantes, teniendo plena conciencia de que cualquier cosa puede entrar en unpoema, que la poesía puede ser un género totalmente inclusivo, donde lossonidos urbanos encienden epifanías instantáneas: “Apoyo los codos/en lamadera, me invade/el fresco un poco mojado/del día que arranca/y veo abajo/pasarzumbando/(no es para tanto/pero así parecen pasar)/los autos rumbo a/las tareasdel día”.
La poesía abreva en fuentes imprevistas, se entrega, gozosa,al pulso irregular de la vida. Poetas como Gandolfo le hacen un enorme favor aun género que a veces corre el riesgo de convertirse en una lengua muerta. Suamor por la poesía está reflejado en el título del libro que remite a un versodel poeta uruguayo Humberto Megget, alguien que deslumbró a Gandolfo en sujuventud: un poeta de obra breve y muerte temprana, que recién ahora estásiendo rescatado del olvido.
Gandolfo agarra las palabras al vuelo como si atraparamoscas en el aire, conformando sus poemas como parlamentos dramáticos. De lasemilla de una evocación crecen frondosos árboles de ramas caprichosas eimprevisibles: cada poema funciona como una piñata a punto de estallar. Lapoesía de Gandolfo parece estar sujeta a la inminencia de que en cualquiermomento puede suceder algo extraordinario que debe comunicarse a toda lahumanidad. Y no queda otra que involucrarse con esos fragmentos arrancados a larealidad, pedazos de una torta, restos de cotillón tirados en el piso luego deuna fiesta inolvidable. Rascando el fondo de una olla de palabras, Gandolfosiempre encuentra algo para reiniciar la máquina del mundo.
Por más terribles que sean los tópicos abordados en suspoemas, la poética de Gandolfo participa de algo que podríamos definir como”jovialidad”: gentileza y don de gentes para abrirle puertas al lector, unapredisposición, sin prejuicios ni éticos ni políticos, para entablar unaconversación sincopada con seres y objetos.
Los poemas de Tengo ganas de risas raquel son saltarines amás no poder, se ponen los zapatones de un Chaplin fluvial y rioplatense paraconjurar tanta desgracia y desatino.
En diálogo con PERFIL, Gandolfo, quien en la actualidadreside en Montevideo, Uruguay, develó algunos aspectos de su vida personal y sufuerte relación con el género poético, un puerto al que parece estar llegandosiempre.
–Tenés una destacada obra narrativa. ¿Por qué decidistepublicar ahora tu obra poética completa?
–Las etapas son así: de joven yo era más poeta que narrador.Una vez yo la pegué con un cuento, me convenció. Era “Vivir en la salina” y fueasí que me fui inclinando más hacia la narrativa. En ese período, hasta los 21o 22 años, yo estuve en Rosario.
La revista nuestra era El Lagrimal Trifurca, que tuvo dosetapas, divididas por una ausencia de un par de años. A la primera etapa,nosotros la consideramos como una revista de poesía. Ahí estaban los poetasEduardo D’Anna y Hugo Diz, que falleció hace poco. Después, yo me fui paraUruguay. Conocí Uruguay en el año 1968. Me quedé un tiempo, no mucho, ponele unaño, y volví. Y entonces empieza la segunda etapa de la revista. Yo la considerabaya una revista de todo, no exclusivamente de poesía: había narrativa, ensayo,información, opinión, etc.
La segunda vez que me fui para Uruguay, en el 76, me instaléen Piriápolis, pero mi matrimonio se desmoronó mal, y me tuve que hacer cargode mi hija. Fue mi Vietnam. Yo ya trabajaba en El País, de Uruguay, y arreglépara ser corresponsal en Argentina. En este período seguí escribiendo, peropublicaba en revistas y diarios. Después siguió pasando el tiempo y dejé deescribir poesía casi por una década. En ese tiempo, se casa mi hija, se fue demi casa, donde siempre había vivido, a mi viejo le da el Alzheimer y se muere…¿viste cuando tenés una serie de golpes seguidos?…y yo me dije: tengo quereaccionar con algo…y empecé a escribir poesía de vuelta y me planteé hacer unlibro gigantesco. Estaba el proyecto ideal, idílico, totalmente “trucho” deescribir un poema por día; eso lo banqué, más o menos, un mes y medio. Elproyecto se llamaba “El año de Stevenson”. Seguí escribiendo ese libro y loterminé a lo largo de cuatro o cinco años. Yo tenía la ficción de que era “unpoema por día”. El año de Stevenson se divide en trimestres. Los trimestres sonlos libros. El primero lo sacó en Rosario la editorial Iván Rosado; el segundolo saqué gracias a mi amigo Martín Prieto que estaba dirigiendo una colecciónde seis títulos en la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Unasbellísimas ediciones. Martín me dijo que le gustaría que el último tomo de esacolección fuese mi obra poética completa. Escribí el resto y le di el segundotrimestre de El año de Stevenson. Cuando salió el libro… ¡tenía quinientaspáginas! Yo no lo podía creer, para mí fue una gran sorpresa. Y además, saliócon una edición hermosa, con ilustraciones de Max Cachimba.
Hace tres meses, volví a escribir poesía. Escribí seispoemas y están buenos. Hay uno que se llama “Cómo leer correctamente poesía”.Me salió bien.
–En tu poema “Aviso a la población” decís: “Benedettiano,/gelmaniano,/pizarnikiana,/incluso perlongheriano:/¡¡Corre/que ya te agarraNicanor Parra!!”. ¿De qué manera influye Parra en tu poesía?
–Influyó mucho a mi viejo (Francisco Gandolfo). Yo tambiénlo leí mucho. Con mi viejo entramos a Parra por el libro La cueca larga, unlibro atípico dentro de su producción, un libro casi folklórico, donde está máscerca de su hermana Violeta.
Hace unos años armé una antología para Alfaguara, Parrandalarga. Yo tenía los dos tomos de Galaxia Gutenberg, pero faltaban como ocholibros que, por suerte, pude conseguir para armar la antología. Rubén Darío yParra son los más grandes: rompieron todo en la lengua castellana.
–¿Tenés algún método para escribir poesía?
–A mí me empacha un poco la impresionante cantidad dedeclaraciones de escritores que hablan de su obra, de cómo escriben. Yo no latengo tan clara. Yo sé olfatear el momento que se acerca, pero no te la puedo explicar, son cosas misteriosas. A veces sí, hay cosas que hice muy aconciencia.
–¿Cómo te afectó la pandemia?
–La pandemia me pegó fuerte, en un nivel secreto que no sécuál es. Cuando apareció yo dije: ¡al fin lo lograron! Venían jodiendo con estecontagio total, a través del mundo, hace seis años, más o menos. Surgió lapeste del cerdo, por ejemplo. Y al final les salió bien. Al principio, decíanque iba a terminar en dos o tres meses. Me dije: esto es un tongo, esto seescapó de algún laboratorio, no es algo de la naturaleza y, seguramente, va adurar mucho más. Hasta ahora duró dos años y a mí se me congeló la escritura,tanto en poesía como en prosa. Además, me jubilé. A Álvaro Buela y a mí, queéramos los dos históricos del cultural de El País, nos jubilaron: les salía muycaro pagarnos. Como se había muerto Homero Alsina Thevenet, redujeron elsuplemento a dos páginas del diario del domingo. Tiene cosas interesantes, perono existe como peso en el ambiente.
Lo único que escribí en pandemia fue el último capítulo deUn error de Ludueña, la novela esa que salió por Tusquets. Fueron cincopáginas.
Es este tiempo murió gente muy importante para mí: unsobrino, que tenía 40 y pico. También se murió, en forma más bien lógica,porque tenía más de 80, Jorge Lafforgue. Era mi mejor amigo de Buenos Aires,con el que salíamos a comer, a charlar. Y acá en Uruguay, se murió mi amigoDaniel Guridi, por una complicación cardíaca. Daniel era hermano de RenzoTeflón, un gran cantante de rock que estaba en el grupo “Los Tontos”.
–¿Cómo era eso de compartir la misma vocación literaria contu viejo, Francisco Gandolfo?
–Mi viejo terminó la secundaria casi al mismo tiempo que yo.A él lo había influido mucho el Siglo de Oro español. En una época fue corredorde Aguilar, y mi vieja le hizo abandonar el laburo, porque la guita que ganabase la gastaba en libros. Tenía todos los libros guardados en un mueble gigante,lleno de cajones, un trinchante. Una tarde llego a mi casa y lo encuentro a miviejo rompiendo hojas de un original de él, y me dice: “todo esto no tienesentido, agarrá cualquier hoja de cualquier libro y leé”. Yo hago eso y leo:”siringa de los céfiros alados”, y digo sí…tiene razón…y empecé a romper yotambién. Entonces hubo como un inicio en la literatura moderna para los dos, almismo tiempo.
–César Fernández Moreno le dedica un poema a su padre,Baldomero, donde dice: “yo debería haber nacido contigo y no de ti”. Pienso quelos Gandolfo tenían una relación similar.
–Siempre tuvimos una relación horizontal. Era muy copado miviejo.
–En tu poesía veo que siempre el poema se “redondea”, hayuna elocuencia y una claridad que no es común. Y los “remates” de los poemasson fascinantes.
–Todo se va borrando rápido. Hay una tendencia hacia elfacilismo. Se pronosticó la caída de los libros y los libros no cayeron. Un díaun tipo me dice: “ahora que la literatura terminó, ¿usted qué va a hacerGandolfo? Evidentemente, este hombre estaba totalmente equivocado… Trabajémuchos años con Homero Alsina Thevenet y de él aprendí, entre otras cosas, elasunto de la “claridad”, algo que une a la poesía y a la prosa. En los doslugares, yo escribo para que quede claro lo que quiero decir, no me largo si notengo el tono. Si no tengo el tono, no hago nada.
–¿Cómo te relacionaste con la literatura uruguaya?
–Durante un tiempo largo, yo fui un tipo clave en cuanto ala información cultural de la literatura uruguaya, sobre todo la narrativa, conel agregado de lo que hacía en el Diario de Poesía, donde actuaba comocorresponsal. El tercer dossier que hicimos en el El Lagrimal Trifurca fuesobre Humberto Megget, que en ese momento no era muy conocido, ni siquiera unUruguay. Megget fue una estrella fugaz, se murió tan joven. Era totalmentedistinto…no hay otro tipo parecido. Recuerdo aquel poema… “dile a la nueces quese partan solas/no me quedan fuerzas/llama al médico”. Una maravilla. Por algolo musicalizó Eduardo Darnauchans,
La sensación que yo tengo de Uruguay es que es un país quese destaca en el fútbol y en la literatura, a nivel mundial, pero en el fútbollo reconocen, y en literatura, no. Es raro eso.
De poemas y narraciones
Elvio E. Gandolfo
He escrito poemas y narraciones, y encuentro algunasdiferencias en la manera de presentarse de los dos grupos de textos. El poemalo hace por lo general ya escrito “dentro de la cabeza”. Es un orden preciso,rítmico, de palabras cuyo “significado” es ese orden, y no otro. El relato encambio es una atmósfera, que deber se asediada, penetrada, lentamente”pintada”. Es trabajo, trabajo, trabajo. También el poema, a veces, pero pararestituir ese orden primero de palabras, que a vece puede ser ligera ototalmente cambiado por factores tales como un espacio de tiempo entre suaparición en la mente y su traspaso al papel; o su proximidad a otros poemas,ajenos a ellos mismos, escritos por otros autores o por quien lo está pensando,que intercalan líneas extrañas dentro del orden primero; o una mala digestión;o imaginarle a posteriori en destino (político, sentimental, religioso)distinto a esa primera disposición indisoluble de palabra-significado, haciendoque una vez más se entrometan líneas, o palabras, o ritmos que no son ese poema.De modo que en el poema es conveniente no esperar. Y en el relato, sí. (…)
El poema canta. La narración estructura. La culminación delo poético es la música; de lo narrativo, el cine. El valor de un poema puededescansar sobre la mera sonoridad psíquica de neologismos (“En la masmédula” deGirondo); la narración depende, hasta en sus textos extremos (Beckett,Macedonio Fernández), de la aparición de la “atmósfera”, del “personaje”(afirmado o negado, pero presente).
Cuando encaro un relato hay una relación entre ese materialque voy a contar yo mismo. Cuando se presenta un poema siempre hay un tercero,alguien a quien voy a tratar de comunicar con la mayor fidelidad posible eseorden de palabras, alguien con quien el poema, filtrado a través de mis temasmi tono personales, dialoga.
Extracto del prólogo del libro La huella de los pájaros(1978).
Te digo
Las noches
no tendrían que acabar,
los días tampoco.
El tiempo tendría
que circular como
una bola niquelada
entre niveles e
intersticios.
La vida debería
estar presente
siempre, los árboles
deberían perder y recobrar
todas las hojas
el mismo día
de la semana,
el mes, el año.
Algo tendría que
escurrirse entre
los cuerpos de
hombres y mujeres
circulando, fluyendo,
yéndose lento o rápido
acia el mar.
La muerte seguiría
aportando la
necesaria seriedad.
Tu propio ser
debería estar pensando
con la cabeza apoyada
en la mano, evocando
el futuro con precisión
extrema, solicitando
de los atardeceres
la necesaria nostalgia,
la imprescindible latencia
de tu forma de irte,
Irene, seas quien seas
4/7/18
De El año de Stevenson.
Segundo trimestre (2021)
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