22 feb 2026
CLARíN

Una nueva vida para Juanele (relatos de Juan L. Ortíz)

Una nueva vida para Juanele (relatos de Juan L. Ortíz)

Un nuevo estudio regresa al entrerriano Juan L. Ortiz, unode los mayores poetas del siglo XX, venerado entre los escritores. Simpatizanteetéreo del comunismo, trabajó por años en el Registro Civil de Gualeguay.

“A caballo, a pie, a nado y en bote”, se titula elperfil celebratorio que la pionera feminista Salvadora Medina Onrubia escribeen la revista Fray Mocho el 6 de marzo de 1914. Está dedicado a un “valeroso ytemerario” Juan Laurentino Ortiz (Gualeguay, 1916-1978), un joven que sin haberterminado aún la secundaria, deja su Entre Ríos natal para probar suerte enBuenos Aires. La bajada subraya que es “un pintor y poeta entrerriano quequiere hacerse célebre”.

De 1913 a 1915, serán dos años en los que la joven promesase deslizará tan sigilosa como vehementemente por las calles de la capital:paradas en bares con parroquianos anarquistas, visitas a bibliotecas, nochesdurmiendo a la luz de la luna o regresos al barrio bonaerense de Avellaneda-residirá en lo de una tía- a altas horas. En el medio, un tío le presentará aRubén Darío, asistirá como alumno libre a la Facultad de Letras de laUniversidad de La Plata y viajará como custodio en un barco a Marsella, Francia,a lo largo de dos meses.

Sin embargo, tendrá que pasar más de una década y media paraque firme el primero de sus diez libros, El agua y la noche (1932). Juanele-apodo familiar con que se lo conoce- tiene 36 años. Desde su vuelta a Gualeguayen 1915, trabaja en el registro civil -donde se jubilará tempranamente con 45años-, arma el grupo Amigos de la Revolución Soviética el mismo año en que caeel régimen zarista, descubre a los poetas simbolistas belgas, se casa en 1924con Gerarda Silvana Irazusta Etcheto -con quien tendrán a Evar, su único hijo,en 1925; ella será su compañera de toda la vida-, publica en 1930 en la revistaClaridad algunos poemas y entra en contacto con César Tiempo, quien le brindaráalgunos contactos en Buenos Aires. En tanto, profundiza la relación con suamigo y protector, el otro poeta de Gualeguay, Carlos Mastronardi.

Estas son algunas de las postales que ha recogido el poeta yperiodista Mario Nosotti en su fascinante La casa de los pájaros. Notas sobrela vida y la obra de Juan L. Ortiz, una aproximación biográfica editada por elsello de la Universidad Nacional del Litoral, la misma que en 1996 realizójunto a su colega de la Universidad Nacional de Entre Ríos la primera edicióncrítica en Argentina de la obra completa del bardo. Y que luego de veintitrésaños, produjeron en 2020 la segunda edición, en dos tomos, con nuevas colaboracionesy originales inéditos.

No es menor la remembranza del joven Nosotti hipnotizado conel descubrimiento del vate entrerriano a través de la lectura de un DossierJuanele en una edición de la revista Diario de Poesía en el invierno de 1986.Ese instante epifánico nos trajo hasta aquí.

Por lo pronto, el título del libro proviene del poema “Lacasa de los pájaros” -perteneciente a El álamo y el viento (1947), señaladocomo el libro del trasplante, ya que fue producido al calor de la mudanza deJuanele y su familia a la ciudad de Paraná-, que constituye una de las puntasde lanza dentro del mapa ortiziano de textos autobiográficos.

La casa se extiende en un anexo con valiosos documentos:fotografías no muy vistas, el árbol genealógico de su familia, actas dematrimonio de sus padres y del suyo, actas de nacimiento y de bautismo, actasde calificaciones, las primeras publicaciones de sus poemas, etc.

Nomás arrancan estas deliciosas ciento ochenta y nuevepáginas, Nosotti aclara: “Estoy otra vez en Gualeguay. ¿Cuántas veces ya?Siete, nueve, diez quizás. Me tomo un café en la YPF del pueblo antes deencontrar al Dr. Beracochea. Espero que hoy pueda ver finalmente la casa de lospájaros”.

Y a la mitad de la lectura del libro, vamos a ser testigosde esa visita. Por intermedio de un familiar cercano al entorno de una de lashermanas de Juan L., y con la compañía del fotógrafo Fernando Sturzenegger-cuya lente tiene a la ciudad de Gualeguay, con su río y aledaños, como marmitaartística-, se internan en esa estancia en la que Ortiz con su familia recalópor una temporada. Su hijo Evar contaba con 15 años. Todo está igual, salvoalgunos cambios, anota. Está cerrada y en estado de semiabandono.

“Después de ese primer contacto emocionado, de constatarsonidos, planos y direcciones, productos de lo leído o de mi obstinación, meempezaba a dar cuenta de qué poco quedaba de Ortiz y ‘La casa de los pájaros’en el lugar que pisaba. Sentí que me esforzaba en buscar un fantasma, el de untiempo, una voz y un espacio que eran ninguna parte”, recalca.

Rastros e indicios Ese poema es central en el proyectoinconcluso de Nosotti. Convengamos que el autor tuvo la fantasía de narrar lavida de Juanele, llevar a cabo un pormenorizado estudio biográfico, íntegro ycronológico. Pero en un momento se abstuvo.

Naufragaba en un mar de borradores. Había demasiadoagujeros, demasiados intersticios. Muchos imponderables. Entonces, para recogersinuosamente las migajas y poder retribuir amorosamente la resonancia de esavida que se le presentaba borroneada y fantasmal, se embarcó en un avistaje unpoco similar al de Osvaldo Baigorria en Sobre Sánchez, una biografía parcial yen ciernes del autor de Cómico de la lengua.

Una de las grandes interpelaciones que hace Nosotti en surecorrido atraviesa las distintas aproximaciones a la obra de Ortiz: “¿Cuál esla relación de un autor con lo escrito?”. En principio, en 1937 el poetadeclara: “Soy un hombre sin biografía”; y tres décadas más tarde dice: “Lo queyo he hecho ha sido autobiográfico no confidencial”.

En este sentido, Nosotti indaga en el vínculo opaco entre lareferencialidad y la escritura. Y se mueve entre el Giorgio Agamben queentiende que “el autor se encuentra en el umbral del texto en que se ha puestoen juego su ausencia” y el Michel Foucault que lo acentúa: la singularidad desu ausencia es la marca del autor. La operación de Nosotti será rodearla:”Delinear una ausencia, rodearla para que algo de aquello que se escapa vuelvaa hacerse presente”.

Por lo pronto, en La casa de los pájaros avanzó sobre tierrano muy firme, procurando establecer un horizonte aunque sabiendo de antemanoque había algo que superaba a su tarea. En todo caso, bosqueja una sentidoautorretrato de lector.

Regresemos al instante en que Nosotti nota que haberconocido la casa del poema no implica haber desentrañado el rompecabezas detamaña obsesión. Pese a cierto desconsuelo, puede dimensionar lo fructífero deeste desencuentro, el nacimiento de otra morada, la de la escritura: “Sinembargo, ahí estaba, en molde vacío, en el fuera de campo de lo escrito, en ladimensión física que había asimilado una memoria, activada otra vez por laescritura”.

Este 11 de junio se cumplen 125 años del nacimiento de unpoeta que se ha canonizado en ciertos ámbitos, pero cuyo fulgor sigueirradiando ese tenue calor que nos arrulla. Los misterios de la luz, lasacechanzas, las variaciones discretas, el campo como una ventana a lanaturaleza, y la tensión entre la contemplación del paisaje y el drama socialson los vértices de una obra que continúa abriendo puertas de sentido.

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