Milton Alvez convirtió frente a River el gol más importantede la historia de Pronunciamiento, su pueblo, del club y de su vida. Pero se loanularon. La injusticia lo transformó en inolvidable: “Si hubieran dado el gol,nadie se acordaría”, dice.
“Doblás en la esquina de la estación de servicio, la únicadel pueblo y hacés una cuadra. Volvés a doblar a la izquierda y vas a ver lacasa amarilla”. En los pueblos todas las calles tienen nombre, pero nadie losusa. Milton Alvez espera en la puerta de su casa, muy cerca del ingreso aPronunciamiento, en Entre Ríos. Remera gris, bermudas azules, zapatillas y unasonrisa que pocas veces lo abandona. Su metro casi noventa no amedrenta. Alcontrario, invita a arrimarse hasta la intimidad de su casa. Al cruzar lapuerta un ambiente contiene el living, el comedor y la cocina. Una mesaplástica de jardín con mantel y cuatro sillas blancas son el mobiliario, juntoal televisor Led que cuelga de la pared color arena. Al costado, unportarretratos para tres fotos que por ahora solo muestra una con la imagen desus hijas. Un pequeño pasillo lleva al baño y a los dormitorios de la casa delhéroe menos pensado…
Veinticinco años antes, cuando apenas tenía 7, en GobernadorVirasoro, Corrientes, mientras los chicos jugaban a la pelota Milton salía atrabajar. Su padre no estaba, la plata no alcanzaba, y no había quién llevarael mango a la casa. “Parar la olla”, se convirtió en su mantra. En el BarrioBelgrano, muy cerquita de la ruta Nacional 14, miraba la plaza donde Toto,Chelo, Ñaco y Gato pateaban mientras él “ponía el lomo” como tarefero. EnCorrientes se cultiva buena parte de la yerba mate del país, y la zafra seextiende desde abril hasta septiembre. Hombres, mujeres y chicos en forma decuadrilla son el último eslabón en la cadena productiva; los tareferos. Empleoen negro, casas precarias y falta de servicios básicos definen la vidacotidiana de los cosechadores artesanales, tijera en mano. En esa tarea sedetuvo el sueño de Milton de ser futbolista. No había tiempo para soñadores enVirasoro. Para él y los suyos el plan era juntar dinero para subsistir. Oresistir. No había espacio para la escuela ni los amigos. A esa edad no sólocargaba las ramas para producir la yerba, sino también el peso de ser sosténfamiliar.
Pero fue más que tarefero Milton. Se pasó de “changa enchanga”: canillita del quiosco Cachito, cortador de pasto y podador, tambiénpasó por un aserradero y alambró largas extensiones de campo. El trabajo,algunos excesos y las malas compañías (varios amigos están presos y otrosmuertos) lo alejaron de la pelota.
Todo parecía escrito hasta que a los 14 años, y tras unalarga noche, lo encontró su viejo DT de infantiles, Pelusa Coimbra, quien loincentivó para que volviera al fútbol. En esos días también apareció la fe enDios. Milton es Cristiano Evangélico y practicante hasta hoy. Pelusa lo llevó aTaragüi, el club de la yerba mate Las Marías. Además de ser el hombre que lorescató, Coimbra fue el responsable de correrlo de su posición de delantero ala de férreo defensor. Como Juan Bautista Pitilanga, el portentoso peroerrático delantero devenido en defensor, protagonista de Papeles en el viento,la novela de Eduardo Sacheri.
Algo le vio Coimbra para pensar en un cambio de posición tandrástico. Y para empeñarse en que aprendiera a cabecear. Ninguno imaginaba queuna noche Milton le rompería el arco de un cabezazo nada menos que a FrancoArmani, arquero de River, en un gol que debió quedar en la memoria de losentrerrianos. Pero fue anulado. Un gol destinado a escribirse en los libros dela historia del Depro (el club nunca convirtió un tanto por 32° de CopaArgentina). Un grito cancelado que terminó por regalarle al defensor unreconocimiento inesperado.
A los 32 años, el defensor, que hace 5 está en el equipoentrerriano, siente que el esfuerzo valió la pena. “Cuando tenía 16 tuve quevender mi bicicleta para viajar de Corrientes a Buenos Aires a probarme. Elrepresentante que me había conseguido la prueba se hacía cargo del alojamientoy la comida, pero yo tenía que pagarme el pasaje. Lo único de valor que teníaera la bicicleta. Me acuerdo que la vendí en $50 y con eso pagué el pasaje”.
Los detalles no escapan a su memoria. “Cuando llegué aRetiro me esperaba Cristian Santana, que había conseguido la prueba en Ferro, yen cuanto bajé del colectivo me dijo: ´Mirá ahí arriba. Ahí están lasventanillas de las empresas de colectivo. Si te vas a largar a llorar a los dosdías, ya te compro el pasaje de vuelta para Corrientes y no perdemos eltiempo´. Por suerte quedé en Ferro, y durante la pretemporada en Caballito mecomentó que Independiente buscaba un central. Cuando llegué, el Coordinador medijo que habían probado a 49 jugadores en mi posición y no había quedadoninguno. Yo era el 50. Anduve bien y me quedé en Avellaneda. Vivíamos siete enla planta alta de una casa que nos alquilaba el club y comíamos en la pensión.Mi entrenador en 5° división era Enrique Borrelli, pero como no me ponía mucho,Pancho Sa, que estaba en la 4°, me subía de divisional y jugaba seguido”.Estuvo todo el año, hasta que en diciembre de 2006 lo dejaron libre. Pasó aChacarita donde “se me hacía eterno el viaje desde Bernal hasta Villa Martelli”, y en 2007 surgió la posibilidad de sumarse al proyecto que lideraba elperiodista Enrique Sacco en Sportivo Barracas. Ahí, en Bolívar, conoció a suesposa, Lucía Uceda.
En 2008 fue a Mar del Plata para jugar en Aldosivi. Despuésde un año y medio, y cuando estaba a punto de firmar el contrato porque cumplía21 años “se cayó el sponsor del club, renunciaron los dirigentes, TitoRebottaro que era el DT y nos dejaron libres a todos”. Con Lucía decidieronvolver a Bolivar y allí, otra vez, se puso la camiseta de Sportivo Barracas.”Después hice Argentino B con Colegiales de Concordia, de 2010 a 2012,Rosamonte de Apóstoles, en 2012 y 2013, Sportivo Patria de Formosa en elArgentino B en 2014, y desde ahí hasta 2016 estuve en Atlético Paraná, dondelogré el ascenso al Nacional B. Y luego, desde enero de 2016, en Depro”.
Milton se sabe y se siente futbolista. Por más que hagaotras cosas para vivir. Desde diciembre, el auto que pudo comprarse con susahorros le sirve de remís para trasladar pasajeros hasta Concepción delUruguay, Villa Elisa y San José. “A los dos días del partido frente a River mesalió un viaje y, lógicamente, no se habló de otra cosa que del partido durantetodo el recorrido. La gente me conoce y me escribe cuando necesita viajar. Comonosotros entrenamos por la tarde, meto los viajes durante la mañana o a lanoche después del entrenamiento. Es una manera de sumar para la casa”.
Hace una pausa, mira al piso y enseguida levanta la vista altelevisor, como si apareciera en pantalla el partido contra River y su equipoestuviera lanzado al ataque. “Lo que viví contra River pagó todo el esfuerzoque hice durante años. Por un día sentí que había llegado al lugar que tantosoñé. Me sentí jugador de Primera”. Los surcos en su cara parecen másprofundos. Al menos por un instante, Milton habla como si fuera lo que siemprequiso ser: un jugador que vive del fútbol, y no ese hombre que luchó y queseguirá peleando mientras su cuerpo se lo permita.
Aunque es media mañana de un día laborable, la paz no sealtera en el pueblo de 3.000 habitantes que vivió una verdadera conmocióncuando su club enfrentó al Millonario de Marcelo Gallardo. En Pronunciamientola mayoría de las calles son de tierra, y en cualquier tramo puede cruzarse ungaucho a caballo, una camioneta, un auto o una bicicleta. Ubicada en eldepartamento Uruguay de Entre Ríos, sobre la ruta provincial 23, y a 40 km deConcepción del Uruguay, su economía depende de la producción ganadera yavícola, del agro y la industria maderera; los frigoríficos han desembarcado enun reciente parque industrial.
La tranquilidad de la casa se rompe de golpe cuando llega suesposa Lucía junto con Areli, de 6 años, la hija más grande. Musculosa blanca,shortcito azul y descalza, corre a abrazarse con su papá, que aprovecha paratomar un poco de aire. Los largos rulos no pueden esconder los ojos negros dela pequeña, que revela haber llorado cuando vio por televisión que a su papá leanulaban el gol que hubiera marcado el empate del Depro contra River.
El gol más importante de los 48 años de vida de Defensoresde Pronunciamiento. El centro llegó desde la izquierda al área grande y MiltonAlvez se impuso ante la marca de Paulo Díaz y Enzo Pérez. Con su parietalderecho impulsó la pelota por sobre Franco Armani. Pero todo fue anulado por elárbitro Germán Delfino.
Un gol, el más importante en la historia del pueblo, delclub y del futbolista, que debió ser y no fue. Milton muestra un mensaje deWhatsApp que su hermano Javier le había mandado días antes del partido. “Sabésque soy fanático de River y miro todos los partidos. Cuando vayas al áreacontraria, entrá con todo. Armani no sale en los centros, son un flan. Andá confe y confianza que vas a ganar de arriba”, le escribió casi como unapremonición.
“En este tipo de partidos y contra semejante rival, lamínima posibilidad hay que aprovecharla y eso fue lo que hicimos. Lo habíamosdiagramado, lo habíamos trabajado. El DT había hecho hincapié en ser agresivospara atacar”. Piensa un segundo, como quien hace memoria. “Salió a laperfección lo planificado, y te anulan el gol por un error del árbitro. Dabronca, un poco de frustración porque significaba mucho más que un gol. Losdefensores se agarraban de la mano y no te dejaban pasar, así que era imposibleque estuviera adelantado. Nosotros hacíamos el movimiento para confundir aRiver, y terminamos confundiendo al línea”. Milton vuelve a sonreír. Casi lamisma sonrisa que regala la pequeña Sarai de dos años, mientras juega con elcaniche blanco de la familia. Las dos hijas de Milton nacieron en Entre Ríos.”Acá la gente es muy agradecida. Muchos se sorprendieron al ver cómo nosdespidieron y nos recibieron, como si le hubiésemos ganado a River, pero acá lagente siempre apoya”, y asume que tuvo un reconocimiento que no se esperaba.”Si al gol lo hubiesen dado, no sé si la gente me seguiría hablando como lohace hasta hoy. Hubiese sido otro 4 a 1. Pero el gol anulado creo que quedaráen el recuerdo para siempre. Yo no soy de hacer muchos goles. Tengo 6 en casi300 partidos, y hacía más de un año y medio que no metía uno. Todos me hablandel gol, en la gente se hizo piel nuestro esfuerzo y la injusticia”.
Cuenta que le escribe gente de River que ni conoce paracompartirle la bronca. “Uno hasta me dijo que lo había gritado más que el dePity Martínez en Madrid. Fue muy fuerte lo que pasó. A la noche me encerré enla habitación y me largué a llorar. Se me pasaba el esfuerzo hecho duranteaños: el aguante de mi familia, de mis suegros, de mi señora…”. A pesar detodo, repite convencido que valió la pena. “Fijate que nadie me habla del penalque me hizo Armani y Delfino cobró, y después volvió para atrás por el juez delínea. Yo en mi vida había pateado un penal. Pero no sé por qué me sentía con tantaconfianza y fe que agarré la pelota con toda la convicción del mundo. Y ni asípude poder meter un gol, jaja”.
Milton se sienta en el umbral de su casa y sostiene concuidado la camiseta de River que intercambió con el paraguayo Robert Rojas. Apesar de lo que significa, esa remera no quedará en su casa. Tiene undestinatario especial, su hermano. “Es fanático del Millonario y nunca pudo verun partido en la cancha, ni conocer el Monumental. Por eso le prometíconseguirle la camiseta. Dios me preparó para que pueda devolverle algo de loque hizo por mí”, y por un momento su sonrisa desaparece.
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